Decadencia en el Café Central

Durante la semana pasada tocaba Manuel Machado, trompetista, no poeta, en el Café Central y la noche del martes se antojaba propicia para el evento. Acompañado de piano, guitarra, bajo, percusión, congas, batería, voz y saxo, aparte de su trompeta y corneta, el cubano no defraudó en la interpretación.

Unos días antes del concierto no tenía muchas ganas de ir. La música cubana es muy apropiada para bailar y algunas canciones se escuchan a gusto, pero un concierto de dos horas con diez músicos tocando son no parecía atractivo. «No me va a gustar», pensaba, ingenuo de mí.

Manuel Machado me sacó con los primeros compases de mi error. Es capaz de encontrar en la trompeta toda la fuerza que caracteriza al instrumento, pero también la lleva al sosegado terreno de las baladas, transmitiendo una paz que rara vez se puede asociar al viento metal.

De sus acompañantes, la única que decepcionó fue la vocalista. No me malinterpretéis, no cantaba mal (ya me gustaría a mí ser capaz de afinar una nota con la voz). Lo que eché en falta en ella era un poco de personalidad en su canto. Se limitaba a cantar la melodía de turno, de forma plana, sin transmitir un ápice de emoción o sentimiento, a diferencia sin duda del resto de músicos. Se me quedará grabado en la memoria el bajista, Yrvis Méndez, venezolano inmerso en los ritmos latinos y que se adapta magistralmente a cualquier necesidad que surja, armónica o melódica, con el bajo o con la voz.

Entre los miembros del grupo también se manifestaba una conexión absoluta. Cuando los intérpretes no están en el escenario limitados a sus partituras, sino que crean música sobre la marcha, escuchándose los unos a los otros, comunicando a sus compañeros las ideas que tienen durante la interpretación, consiguen que el público disfrute la composición musical desde la base. En el concierto de Manuel Machado los espectadores no escuchábamos canciones ya cerradas, sino que asistíamos a un espectáculo en el que todos los miembros del grupo debían estar permanentemente atentos a lo que hacían sus compañeros para aprovechar las frases, los solos, los dúos. Cuando a los percusionistas Juan Viera y Ángel Herrera les llegaba el momento de sus solos, mantenían conversaciones entre los dos con sus intrumentos. Con ellos dos en acción, el potencial de unas congas y unas percusiones cubanas puede ser ilimitado.

Los acompañantes de Manuel Machado estaban a la altura. Es una lástima que el Café Central no lo estuviera.

Ese Café Central nunca más será lo que fue, si es que ha sido algo alguna vez. Incómodo, ruidoso, caro. ¿Quiénes se creen para tratar al público tan mal? Los camareros son desagradables, antipáticos, perdonavidas. La oferta de comida y bebida es escasa en cantidad, a veces en calidad, pero generosa en el precio. El local, un club de jazz mítico en Madrid, no está ni siquiera pensado para ver conciertos. Cobran las entradas por encima de los 10 euros (y aparte las consumiciones) y pobre del espectador como no llegue a tiempo para ponerse en el poco espacio que hay delante del escenario, porque desde la mayor parte del club no se ve absolutamente nada.

¿Por qué no valoran más a sus clientes? ¿Dónde se creen que estarían si no fuera por nosotros? No me refiero únicamente a que los clientes aportan los ingresos que el Café Central necesita para subsistir; también debemos recordar que hemos apoyado a nuestro Café Central hasta lo que fue casi su cierre.

Cuando los alquileres de renta antigua llegaban a su fin y los arrendatarios negociaban con los propietarios como podían para salir adelante, los dueños del Café Central decían que no podrían afrontar la subida del alquiler y que tendrían que cerrar. Los fieles clientes del club, los que creemos en la importancia de la música en vivo y reconocemos la importante labor del Central nos pusimos de su parte y revolucionamos las redes sociales. Los apoyamos incansablemente porque no nos íbamos a dar por vencidos. El Gobierno, el Sistema, el Capitalismo, el Mal en general, nos querían arrebatar otro pedazo más de nuestra cultura, pero no lo aceptamos.

Así nos lo devuelve el Central. Tratándonos a patadas y cobrando millonadas por ello. ¿Qué han ganado? Que yo, becario desconocido, no los apoye nunca más.

 Fotografía de portada: Mario Martín

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3 Respuestas a “Decadencia en el Café Central

  1. Fan de Alahí Martínez, no entiendo por qué una queja tan modesta como la que puedo dar yo debe conllevar tal brusquedad por tu parte. ¿Reaccionas igual siempre que lees críticas que no compartes? No te tomes tan a mal mis palabras.

    Muchas gracias por tu comentario.

    ¡Saludos!

  2. Se ve que sabes mucho de música y que eres un erudito. Ya quisieras cantar como ella que es una artista completa y con matices únicos, en la voz y en la interpretación. Quizás la gente del central saben tratar a cada persona como se merece, o viendo como escribes de mal sobre los demás; ya te puedo imaginar como un personaje borde y altivo. Como se dice comúnmente, quien siembra vientos recoge tempestades. Sigue así y algún día llegarás lejos, no por el talento sino porque en este país criticando así de mal de los demás te irá genial.

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