Sospechas de las “Geórgicas” de Virgilio, de Francisco Socas y de uno que también leyó

Quién es ese Geórgico de quien Virgilio escribe su vida, se hubiera preguntado mi yo de la infancia. Esta nueva traducción que luce en el gustoso formato de Ediciones La Piedra Lunar tiene una franja de un amarillo que recuerda al cereal, sí, pero también al color básico de un juguete llamativo, y una portada de Peter Bruegel el Viejo que podría parecer sacada de un tebeo; y por dentro, unas ilustraciones de Antonio Sosa que abren cada libro del poema con el candor de unos temas tan aparentemente pueriles como son cultivar un huerto o jugar con abejas.

Uno que leyó, el traductor de este manual para la vuelta al campo, que se llama Francisco Socas, es a su vez su intérprete en una extensa y afortunada introducción, además del objeto de la semblanza firmada por Juan Fernández Valverde que antecede a la introducción y que lo convierte en un personaje más de este libro singular en nuestros tiempos. También es Francisco Socas el autor de los versos que abren el libro, en los que se confiesa un lector invitado a los rincones de Virgilio: esa cabaña, la montaña, el sueño que sucede a la cena, y luego, en otro sitio (aquí no, o aquí sí): «esa vida de palabras», como si esta se viviera al margen. Y por extensión, el lector que llegue al final de todo el libro (cubierta, solapas, versos introductorios, semblanza, introducción, libro uno, libro dos, libro tres, libro cuatro y colofón de los mecenas) también lo será. Hagan la prueba si no me creen.

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Tal vez, diría alguno, para gozar por entero del poema clásico (aquí, en esta edición, aunque prosificado, sigue manteniéndose poético y clásico) haya que haber vivido otra vida que la que yo, como lector urbanita, he vivido y estoy viviendo. No obstante, tras estos versos traducidos hay un sentido, una enseñanza que ha perdido su intención y se ha convertido en un tópico. Un tópico que todos conocemos más o menos pero que hasta ahora, en mi caso, yo nunca había visitado. Y aquí está, ante mí, la enseñanza que sobrevivió al tiempo al convertirse en tópico.

¿Pero qué fue antes, el sobrevivir o el tópico? ¿La enseñanza o la supervivencia? ¿La poesía o la didáctica?

Leer las Geórgicas es un acto inútil: de qué me sirve a mí saber cómo he de recuperar un panal herido para que vuelvan las abejas o cuál es la mejor estación para cultivar qué sé yo cereal.

¿Se lee a Virgilio en Ingeniería Agrícola?, me pregunto. Aunque la idea, tan poco ortodoxa (¡Virgilio poco ortodoxo!), me encante, me temo que la respuesta es que no, que las Geórgicas no son lectura obligatoria en primero de Agrícola ni en ninguna otra carrera relacionada con los saberes del campo.

Pero, por otro lado, ¿si la intención didáctica de este poema ya no tiene sentido, en qué se sustenta su poética? Sé que el tema mitológico del final del libro, esa vuelta de tuerca a la historia penosa y trágica de Orfeo puede considerarse aún hoy en día, con más o menos detractores, arnés suficiente para practicar el ejercicio poético. Bien. Vale. ¿Pero qué pasa con el resto de las Geórgicas, con esos libros previos a la historia de Orfeo? ¿Se pueden gozar sin necesidad de tener un huerto o un interés en las artes agrícolas de hace dos mil años? ¿Pueden ser el mecánico arar y la rotación de tierras temas poéticos para el lector de poesía de hoy en día, o más bien una tortura? ¿Puede un lector de poemas de amor de Neruda disfrutar de poemas sobre semillas y de cómo cultivarlas por mucho ritmo que tengan las indicaciones del latino? ¿Es escribir (o leer) sobre el cultivo de la vid algo poéticamente más revolucionario que escribir (leer) poemas sobre ombligos o narcóticos hoy en día?

Hay un pasaje a mediados del libro en el que se describe al agricultor que al remover la tierra encuentra las armas y los yelmos de los soldados caídos en la guerra, muertos que la tierra se ha tragado para siempre. Curiosa la sensación de sospecha, al leer estas Geórgicas, de que en esta tierra virgiliana, vieja e inútil, yazcan, sepultadas por un vergel poético arrollador, las armas oxidadas y verdaderamente inútiles de tantos que después se dijeron poetas, ya sean del presente o del inmediato pasado.

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NOTA. Vínculos del reseñadoristo este con la dicha editorial Ediciones La Piedra Lunar: ninguno, salvo la Vida.

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