Look smart

Rebelde, inteligente, independiente. Las semanas de la moda masculina de París, Milán y Londres nos han dejado la imagen de un hombre impredecible, que ha escapado a todos los moldes.

De una forma un tanto tardía la prensa especializada empieza a difundir la idea de una moda que no establece distinciones en cuanto a sexo, aunque a menudo lo confunde con un vestuario desprovisto de atributos de género. No se trata de eso. Tampoco nos movemos hacia el total minimalismo. Si bien es cierto que las líneas minimalistas han sido la apuesta de firmas influyentes que, como Kenzo o Stella McCartney, dibujan para la mujer una silueta más neutra en términos de género, el llamado normcore es una tendencia que responde a una época de crisis global. Nada que no hayamos vivido antes en términos históricos y que se haya visto compensado con el también cíclico interés por los detalles. Labios más rojos, nail art, tableros de Pinterest repletos de trenzas y recogidos virtuosistas. Todo aquello que permita explotar más el ingenio que el bolsillo.

Pero volviendo a los hombres y a las pasarelas, Suzy Menkes lo exclamaba en su crónica para Vogue: «¿Normcore para hombres? ¡De ninguna manera!» Y es que enfundados en un traje o luciendo falda los chicos de estos desfiles no querían pasar desapercibidos.

Kris Van Assche rinde un homenaje al hombre clásico para Dior Homme. Convierte la colección en un oficio de sastrería recuperando una silueta icónica de la elegancia masculina clásica (el traje y el frac) en una revisión moderna que alterna pajaritas, chapas de colores y gorras de béisbol con chalecos que se alargan hasta las rodillas. Sea en negro, burdeos o azul eléctrico, en cuadros gris marengo o con estampado en tonos amarillos; el hombre de Dior camina seguro de sí mismo, incluso con cierta soberbia. Maneja su clasicismo hermético porque conoce el código y por ello se atreve a jugar con los complementos, creando una segunda lectura subversiva, urbana, en la que trivializa la seriedad del traje de 3 piezas. Techno sartorial, lo ha querido llamar Van Assche.

No perdemos demasiado de vista a Dior, pues Raf Simons, que se ocupa de las colecciones femeninas de la maison en su firma propia para hombre, ha querido también desarrollar la intelectualidad como punto de partida. En Women’s Wears Daily hablaban de una distopía inspirada por Blade Runner, sin embargo podría pensarse también en el estilismo de los adolescentes misántropos de Heathers. Abrigos negros de solapas anchas caen pesados muy por debajo de la rodilla. Jerseys de punto sin mangas y camisas llevadas con dejadez por fuera del pantalón. Simons no sólo está apelando a una imagen del adolescentenerd, lo está elevando a trendsetter.
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Sin salirnos de la iconografía joven pasamos a hablar de un hito histórico que la semana de la moda de Milán nos ha dejado. La precipitada salida de Frida Giannini de Gucci después de 10 años trabajando para la casa, dejaba la colección que se presentaría en 2015 vendida a un equipo que contaría con un tiempo muy reducido para trabajarla. El secreto de su autoría se desvelaba ese día, y era Alessandro Michele quien salía a saludar al término del desfile.  Un diseñador del que poco o nada se sabía antes y cuyo trabajo, toda una inyección de energía joven para la imagen de la marca, ha sido aplaudido por la crítica y señalado como la frontera entre un antes y un después para Gucci.
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Gucci | Davide Maestri (WWD)

Gucci | Davide Maestri (WWD)

Michele ha enarbolado una moda joven que suena a finales de los 70 pero que en cambio no es nostálgica ni busca los lugares comunes de la identidad italiana. Insistimos en los abrigos pesados, las líneas pulcras, una parka verde que recuerda a las gabardinas de Quadrophenia, chicas infiltradas y hombres con delicadas blusas. Queda en el aire la promesa de que merecerá la pena seguir la evolución que Michele tiene en mente para Gucci.
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Un hombre menos rejuvenecido y también menos andrógino presentaba en París el maestro Yohji Yamamoto, con una colección apodada After Surgery. Los modelos lucían puntos y hematomas en el rostro como resultado de operaciones de cirugía plástica. Un discurso que se traspasaba al textil con el habitual trabajo del diseñador con las capas, el patchwork y la deconstrucción. Reinaba una breve paleta de negros, prendas holgadas, dejadas caer sobre el cuerpo como capas. La suerte de Frankestein de Yamamoto resultaba ser de un punk muy elegante. Dice haberse inspirado en las prendas de los pueblos nómadas, en los gitanos, en el hombre que lleva sobre sí todas sus posesiones, pero sin duda filtrado a través de un concienzudo trabajo de sastrería.
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Punk era también la colección de Vivienne Westwood. El Transgender Dysphoria Blues de Against Me! podría haber funcionado como banda sonora. Westwood convierte el blazer en la piedra angular de su colección. No lo renueva, tan sólo juega a las combinaciones.  El punto se coloca como tejido estrella del invierno inventando piezas blandas que se amoldan al cuerpo. El tartán que no podía faltar en Westwood ni en una iconografía punkie, y añadido a esto complementos extraídos del armario femenino, un par de zapatos de tacón infiltrados y carteras de mano o clutches. En las combinaciones está la clave. Perder el miedo, confiar en tu instinto.
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Con Westwood, con Gucci y con Raf Simons, las mujeres se cuelan en la pasarela llevando prendas de la colección masculina. Diferente es la estrategia de Ricardo Tisci para Givenchy, que ha utilizado la pasarela masculina como teaser para su colección femenina. Ricardo Tisci parece sentirse libre. Se jacta de volver a la casilla de salida, allí donde comenzó hace 10 años con Givenchy. De volver a ser él, y de serlo más que nunca. Por eso en su colección domina el color negro, alternado con estampados de inspiración tribal en rojo sangre. Enorme magnetismo de una colección que en Women’s Wear Daily tildaban de mística y macabra. Elaboradas máscaras de pedrería y unos vestidos para ellas de transparencias negras y pieles que distraían la atención del verdadero motivo que nos llevaba allí: el invierno masculino. No obstante las piezas de la colección masculina combinaban el atrevimiento de un diseñador que hoy se atreve a probar un poco con todo (con cuero, con pieles, con kilts) y aún así mantener un latente sentido comercial.
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Pese a ello la de Tisci ha sido la mejor oportunidad de evasión que hemos tenido en esta pasarela. Los discursos más pragmáticos los hemos encontrado en un Alexander Wang que continúa dejándose inspirar por el surf y el skate, como no podría ser de otra forma en Kenzo, referencia a la hora de marcar la silueta clave de las próximas temporadas, y sorprendentemente también en Maison Martin Margiela, donde Galliano, responsable de la colección, no se hizo presente, y en Comme des Garçons, en la que esta vez una sosegada Rei Kawakubo nos daba una lección de moda.
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Moschino se centraba esta vez menos en la anécdota con una colección inspirada en los montañeros llena de claves narrativas. Los estampados de colores, los sacos gigantescos que los modelos-montañeros portaban a la espalda y las gruesas gafas sobre la cabeza, hacían pensar en un desfile de personajes de cómic. En él volvían a inmiscuirse las chicas, con pesadas botas de esquimal, y una pelirroja arropada en pieles que en el escenario nevado paracía dibujada por Milo Manara. Como es habitual, Moschino se sirve de la hipérbole para desarrollar su producto, siempre respaldado por el mercado y las imitaciones.
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Moschino | Giovanni Gianonni (WWD)

Moschino | Giovanni Gianonni (WWD)

Más dandy, más o menos punk, clásicos o con prendas más femeninas, con una silueta ajustada de rockstar retro como los ha imaginado Hedi Slimane para Yves Saint Laurent; todos ellos han tenido a bien imaginar un hombre con historia, exigente, con algo que decir. La pulcritud de Gucci, el desenfado rebelde de Westwood, la batalla contra el mundo de Simons o el caballero de Yamamoto representan a un hombre al que le importa la moda, su aspecto frente al mundo y que lo emplea como una herramienta para expresar quien es, a dónde quiere ir, por dónde no está dispuesto a pasar y por qué deberías querer saber más de él. Dotados de un gran sentido de la moda se muestran hábiles con las combinaciones y no piden prestadas las prendas femeninas, se saben con todo el derecho a llevarlas. Tendencias como éstas no son aún tan comunes en la colecciones femeninas, sin embargo tenemos que recordar ese discurso explícito de Chanel y su manifestación-happening sobre la pasarela en la anterior semana de la moda, donde Lagerfeld establecía la indivisibilidad entre feminismo e intelectualidad con una mujer segura de sí misma que con mano maestra se atrevía a mezclar tejidos y estampados. La colección de Chanel recientemente presentada ha dejado ya atrás todo esto.
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No es tan casual este alza del estilismo masculino, con unas brillantes semanas de la moda. La moda masculina no es ningún trámite en términos de mercado, sus cifras ascienden en un crecimiento que deja atrás la moda femenina. Suzy Menkes apunta a los mercados asiáticos como piezas clave en la explicación de este fenómeno.
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Se asienta la moda que no entiende de sexos. Ya sea una silueta neutra para ella, prendas femeninas para él, mujeres infiltradas portando piezas de la colección de hombre. Superados los traumas de una época en la que todo esto importaba mucho, podemos decir que se ha abierto otra fase, al menos a un nivel artístico. Masculino y femenino siguen siendo categorías con gramática e iconografía propias, pero no son consecuencia directa de aquel a quien acompañan.
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Como la colección de Yamamoto nos enseña, atravesamos una fase de work in progress. Se están lanzando unas ideas que socialmente están solo al comienzo de abandonar su fase embrionaria. Aún quedan actores sociales que reaccionan torpemente, tal y como pudimos observar en el desfile de Rick Owens, donde cuatro de las piezas de la colección dejaban a la vista el pene de los modelos y las redes sociales se convertían en un absurdo patio de colegio. Pero pese a esto no hay duda que una moda como la que nos han dejado estas semanas de moda masculina, una firme apuesta por la inteligencia y el sentido de independencia del individuo, sirven como síntoma de que nos encaminamos en una buena dirección y ayudan a reforzar la creación de una sociedad de sujetos autónomos y críticos.
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