Historias de chimpancés II

Hace ya demasiado tiempo que terminé de escribir la primera parte de Historias de Chimpancés, pero espero que aún recordéis a los pequeños Tango, Panza, Tya, Chloé, Ndama, y a todos los demás. Como quedó pendiente en el anterior artículo, voy a presentaros a los grupos restantes del Centro de Conservación de Chimpancés. Esta vez, aprovechando los años de experiencia de estos chimpancés en el dominio del lenguaje, veréis ejemplos de comunicación de estados de ánimo. A pesar de que este artículo trata sobre los individuos en sí, veréis entremezclados vídeos donde se aprecia lo tremendamente expresivos que son estos primates en todos los aspectos de su vida.

Nelson haciendo el típico ruido de disfrute de la comida.

El grupo de medianos

El grupo de medianos está formado por individuos de entre 10 y 13 años de edad, es decir, por jóvenes adultos a menudo dependientes aún de las atenciones de los humanos, con los que tienen muy buenos recuerdos de su infancia cercana. A medida que el chimpancé crece lo normal es que vaya perdiendo por sí sólo ese vínculo. Sin lugar a dudas, éste es el mejor de todos los grupos: son cariñosos, curiosos, juguetones y nada agresivos con los humanos. También es maravilloso para la introducción de nuevos individuos, puesto que prácticamente todos son de trato agradable. Y han demostrado un buen espíritu de equipo, sobre todo en lo referente a burlar las medidas de seguridad para los humanos. Oga, el jefe, no tuvo ningún reparo en, una vez hecho el pertinente cortocircuito al presionar con un tronco un cable de corriente hasta que éste tocara la toma de tierra, mantener los cables del cercado separados con la amplitud de sus brazos para permitir que cinco de sus compañeros salieran fácilmente a pasear por los campamentos de voluntarios y cuidadores. La expedición terminó malamente, cada uno metido en una jaula de transporte tras un corto sueñecito provocado, pero nadie le quitaría mérito al asunto.

Su afán por explorar, sin embargo, les ha perjudicado mucho. Y yo he sido testigo de uno de tantos periodos críticos. Muy poco a poco se van haciendo reformas en las instalaciones para adecuarse al crecimiento en continuo de los habitantes del centro, pero las vallas que mantenían un grupo de pequeños chimpancés de seis años son irrisorias para chimpancés adultos.

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Valla del cercado del grupo de adultos

Mientras éstos no se escapaban de sus cercados todo marchaba bien pero cuando consiguen salir… la cosa se complica. Un chimpancé adulto pesa entre 30 y 50 kilos, que puede sostener sin problemas con una sola de sus extremidades. Tienen una fuerza brutal y pueden llegar a ser muy agresivos. Además, tienen la molesta costumbre de morder dedos y orejas a modo de represalia. Las historias de nuestros dirigentes sobre el terreno se remontaban a varios años atrás, cuando los integrantes del grupo de adultos comenzaron a saltar las vallas y algunos mitos como “los chimpancés no ven de noche mejor que tú y que yo” se rompieron. Una de las jefas nos contaba, no con demasiada nostalgia, cómo Mike (un macho adulto que luego os describiré como lo que fue para mí, cariñoso y juguetón) se había encontrado con ella fuera del cercado y la había zarandeado y golpeado cual muñeca de trapo. Unos meses antes de que yo llegara, los escapes del grupo de adultos se volvieron demasiado frecuentes, y se decidió quitar del grupo que podía salir al cercado todos los machos salvo uno que haría de jefe, Ced. El resto de los machos adultos quedaron desde entonces, y hasta tener un cercado adecuado, en las jaulas dormitorio.

En la misma línea, y esto ocurrió mientras yo estaba allí, cuando los escapes del grupo de medianos se volvieron demasiado frecuentes y no había personal suficiente para vigilar el cercado, se decidió mantener al grupo en las jaulas dormitorio, salvo días concretos en los que sí se podía vigilar y además se les preparaba un manjar de comida para que luego quisieran entrar a dormir.

Por orden de salida del túnel: Dan, Vévé, Max, Louna, Charlotte, Lobai, Oga, Wodo, Habou y Shelly (Nelson no estaba con el grupo ese día).

Tanto los machos adultos como el grupo de medianos se aburrían durante el día, de ahí que los voluntarios dedicáramos mucho tiempo a preparar enriquecimientos y a pasar rato con ellos. Fue, en parte, por la fatalidad de la situación que yo entablé tanta relación con todos.

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Enriquecimiento ambiental con un espejo. De izquierda a derecha: Louna, Nelson, Vévé, Dan y Max.

Oga, corpulento chimpancé fácilmente distinguible por su pelo erizado (que amplía su envergadura) y sus ojos cada uno de un color, era mi jefe más querido por su carácter tranquilo. Había quien le criticaba que tardaba demasiado en intervenir pero lo grandioso en él es que una vez lo hacía, con su majestuosa demostración de poder, no necesitaba pegar a nadie porque automáticamente sus compañeros paraban de pelearse.

Oga haciendo su papel de dominante.

Vévé, la hembra dominante, tenía cierta maldad al acostarse la última sabiendo de su privilegio para disponer de hojas para el nido. Se quedaba largo rato comiendo las hojas que le dábamos y se las quitaba a unos o a otros sin que estos pudieran hacer más que un leve gemido.

Shelly y Louna, dos hembras buenísimas, se turnaban para llamarme y jugar con los botones de mi camisa, desabrochándolos y abrochándolos tantas veces como yo les permitiera. De la camisa pasaban al acicalado general y no era raro acabar pegada contra las rejas para que ellas llegaran bien a enmarañar mi cabello.

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Louna (izquierda) y Shelly (derecha)

Charlotte, de talla especialmente pequeña a pesar de su mayor edad, me resultaba simpática aunque buscaba menos el contacto. Le encantaba quedarse a medio día en el cercado y no le preocupaba lo más mínimo que por ello se quedara sin comer.

Lobai, corpulento e impulsivo, impresionaba como para acercarse a él sin una buena barrera pero, por el momento y hasta que su carácter madure, sigue siendo inofensivo. Cogidos de las manos y cada uno a un lado de la verja, jugábamos a tirar hacia nuestro lado. Obviamente él no utilizaba toda su fuerza pero por alguna razón le divertía ver como yo intentaba moverle sin éxito.

Charlotte acicala a Lobai mientras éste ojea una revista.

Los restantes del grupo son Nelson, Wodo, Dan, Max y Habou, todos ellos machos y de tallas similares, difíciles de diferenciar al principio. Max destacaba por su paciencia para aguantar las frecuentes limpiezas con betadine en sus igual de frecuentes heridas. Nelson, por su marcado entusiasmo a la llegada de las hembras, que le hacían llenarse las pantorrillas de un líquido blanco viscoso. Dan, jamás tuvo un mal gesto y miraba como si estuviera analizando las situaciones. Wodo era un poco más reservado. Solía acercarse a mí únicamente para intentar robarme jeringas así que desconfiaba de él.

Habou, por último, había pasado de jefe a “último mono” con el cambio de grupo, y tenía crisis de descontento si alguien le quitaba cosas, lo que ocasionaba más rechazo por parte de sus compañeros.

Grito de miedo o descontento hecho por Habou.

Grupo de adultos

Ya en el grupo de adultos, cuyos agujeros en las rejas no les permitían sacar más que los dedos para prevenir que pudieran agarrarnos estando desprevenidos, tenemos a Rocky y Mike. Grandes y con cierto sobrepeso, eran los más delicados en el arte del acicalado. Ellos lo pedían y para mí era un placer sentarme a su lado y dejarme acicalar. Generalmente les ofrecía los brazos o la espalda pero alguna vez les dejé un pie a cada uno e hicieron fabulosos ruidos de júbilo pudiendo hurgar entre los dedos.

Vocalización del acicalado hecha por Mike.

Contiguos a ellos estaban Paco y Moka, un poco más jóvenes y atléticos. A pesar de su ojo tuerto, Paco era el Don Juan entre las hembras, su delicadeza y atenciones las enamoraban, cosa que enojaba a Rocky y a Mike. Paco estaba tan absorto en las hembras de su especie, a las que acicalaba a través de las rejas, que no necesitaba de atenciones humanas. Moka, en cambio, disfrutaba a lo grande pidiendo agua o cualquier cosa que nos mantuviera cerca de él.

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Moka (derecha) juega a beber agua con una jeringa mientras Paco (izquierda) mira a la cámara.

El grupo de adultos que salía al cercado apenas estaban en las jaulas dormitorio. La mayoría de las veces entraban para coger su comida y se volvían a marchar, durmiendo en nidos en los árboles. Tardé más de un mes en aprenderme sus nombres y diferenciarlos todos. Una muy fácil de distinguir era Loundain, porque siempre iba acompañada por su bebé de año y medio Moninga. Al contrario que el resto de los habitantes del CCC, Loundain llegó porque su amiga Laurence, hembra liberada que no debió gustarle la libertad y volvió andando al centro, la trajo con ella. Como chimpancé salvaje 100% que era, desconfiaba totalmente de los humanos, y algún voluntario se ha llevado un susto por mirar demasiado a su cría.

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Loundain con su pequeño Moninga.

De Laurence, de Sita, de Kyo y de Ced era mejor no fiarse. Kyo en particular parecía disfrutar intentando coger mi mano cuando le ofrecía la comida. En algún momento Loundain y Laurence se enfadaron, y ésta última comenzó a buscar el acicalado entre algunos voluntarios.

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Ced (primer plano), Nimba (a la derecha), Kyo (al fondo) y Sita (detrás de Kyo) reposando la comida.

Kindy, Nimba y Koumba eran las pacíficas del grupo. Koumba es aún una adolescente pero nació en el grupo y, aunque su madre murió siendo ella pequeña, Kindy la medio adoptó y está relativamente bien adaptada a su grupo. Es tremendamente precavida, y con razón, puesto que le faltan algunos dedos en una de las manos por un mordisco de Ced. Kindy, de rostro oscuro y Nimba, de rostro claro, eran ambas muy amables, como si fueran del grupo de medianos.

Terminados los grupos sólo me queda hablar de tres individuos particulares: Bobo, Coco y Zoé.

Bobo tiene aspecto de gorila, grande todo él pero especialmente la cabeza. Por su corpulencia sus compañeros buscaban en él la figura de un líder, alguien a quien ganarse para que sirviera de defensa. El problema es que Bobo tiene la madurez psicológica de un bebé de 5 años, y toda esa responsabilidad de liderazgo le quedaba grande y acababa huyendo y llorando en un rincón. Fue liberado en el 2011 pero no llegó a adaptarse a la vida en libertad y decidieron devolverlo al centro. Reconozco que era como un bebé gigante y que habría sido fácil quererlo, pero él y yo no llegamos a congeniar. Supongo que algo tuvo que ver el que me quitara las gafas y las estirara hasta dejarlas totalmente planas…

Bobo jugando a las cosquillas con la voluntaria Sarah.

Coco es el habitante más mayor del CCC, es exalcohólico, ex fumador (si le dejabas unos cigarrillos y un mechero a su alrededor se los fumaba), y tiene fobia a la gente negra porque su antiguo dueño lo maltrataba. Cojea por una fractura mal soldada, tiene artrosis y sufre de úlcera gástrica. Tiene un completo el pobre. Es imposible no quererlo a pesar de todo el trabajo extra que supone, puesto que tiene que comer pequeñas cantidades muchas veces al día y si pasa mucho tiempo solo empieza a llorar. Que comiera sus plátanos por la mañana era difícil, pero aceptaba de buen grado jugar a las persecuciones hasta que ambos entrábamos en calor.

Coco preparando su nido para dormir. Hace algunas vocalizaciones de agrado.

Zoé, por último, llegó al centro ya adolescente y creyéndose humana. Le costó empezar a andar por el suelo (aún hoy va siempre a dos patas) y subir a los árboles, y no entendía nada de las reglas sociales. Hasta que haya hueco para una introducción en las jaulas dormitorio de medianos y grandes, permanece al lado de Coco, con el que ha tenido alguna interacción poco emotiva.

Espero que estos dos artículos sirvan para que más gente aprecie a los chimpancés por tal y cómo son. Para mí supuso una gran decepción darme cuenta de que no eran sociedades perfectas, que tenían individuos atemorizados, pero el problema es quizás mío por haberlos idealizado tanto. En realidad son demasiado parecidos a nosotros, cada uno con su personalidad busca satisfacer sus propias necesidades preocupándose sólo por no molestar a sus aliados. Pueden engañar, pegar y sacar de quicio a los demás, pero también pueden ser atentos, disculparse y demostrar amor. Lo que más me ha fascinado de ellos es su expresividad, todo ese código de señas y vocalizaciones con sutiles diferencias que les permite comunicarse. Es curioso cómo, al haber creado el lenguaje con palabras, hemos perdido esa capacidad expresar y entender el lenguaje corporal.

Me despido como lo hacían mis queridos chimpis cada noche.

Vocalización de buenas noches en las jaulas dormitorio de medianos y grandes.

   Texto, fotografías y vídeos por Rut Domínguez Espinosa

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