Mete en el río al que ama el agua

Mete en el río al que ama el agua

William Blake

El tiempo en el trabajo transcurre a una velocidad insoportable. El síndrome post-vacacional ha campado a sus anchas en los cuerpos de mis compañeros, por lo que una indiscriminada ola de dolores de cabeza, simulacros de gripe, lumbagos y llamadas de emergencia han vuelto a condenarme al ostracismo de oficina.

Por fin, después de casi dos semanas soportando la locura mediática sobre el atentado de Charlie Hebdo, y de haber escuchado, leído y presenciado algunas de las declaraciones y opiniones más estúpidas de la historia de mi vida, el flujo de información parece haberse atenuado en las redes sociales y los habituales problemas del ciudadano medio han vuelto a reclamar su injusta relevancia en mi tablón de Facebook.

Supongo que la calma que sucede a cada tempestad es el mejor momento para comprenderla, así que me levanto para estirar las piernas y, mientras avanzo hacia la máquina del café, me pregunto a mí mismo qué es lo que he aprendido de la masacre del último siete de enero. Una sencilla frase acude a mi cabeza: «la religión es una puta estupidez». Ligeramente sorprendido por la fuerza de esta afirmación, y un poco preocupado por mi falta de empatía religiosa, me detengo en medio del pasillo y me concentro en lo que acabo de pensar; de nuevo surge una alarmante vocecilla dentro de mi cráneo: «la religión es el chancro de Dios». Sonrío. He entendido de pronto que quien me habla ahora no es mi propia voz, sino el recuerdo fosilizado de un verso de Octavio Paz, un verso en que se hablaba del Marqués de Sade.

¿Cuántos hombres ilustres, cuántos genios han dedicado su vida y su muerte a revelar las incoherencias de la religión? ¿Cuántos galileos han ardido en la hoguera por no retractarse? Aquellos que se horrorizan ante el Islam hoy son los mismos que antes de ayer cazaban brujas y que ayer quemaban cruces en el patio de Martin Luther King, los mismos que en el África profunda pagan hoy una fortuna y media por las piernas o los brazos de un albino.

Por supuesto, a los defensores de las religiones siempre les queda condenar el fundamentalismo de los radicales y apelar a ese prurito de bondad que existe en la fundación de cada una de ellas, al deseo expreso de cuidar y respetar al prójimo y de hacer del mundo un lugar mejor (siempre de acuerdo, como no podía ser de otra manera, con su propia idea del paraíso terrenal). El problema viene, cómo no, cuando el incumplimiento de una determinada serie de costumbres y de ritos puede excluirte de la salvación eterna, cuando el concepto de bondad sobre el que se construye el símbolo del dios se erige sobre los mismos pilares que la omnipotencia de las plutocracias.

Ningún teólogo de la cristiandad —ni de ningún otro credo hasta el día de hoy— ha sido capaz de dar una respuesta convincente a la sencilla paradoja de Epicuro, cuya existencia tiene cerca de dos mil trescientos años de antigüedad y que se basa en la clásica creencia de las religiones monoteístas por las cuales sus respectivos dioses poseen las cualidades de la omnisciencia, la omnipotencia, la omnipresencia y la omnibenevolencia:

¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente.

¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo.

¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal?

¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?

La paradoja habla por sí sola. Si en el colegio enseñaran a los niños a estudiar la religión desde una perspectiva racional todos seríamos ateos. Si por mí fuera, al igual que se estudia historia o matemáticas, los niños aprenderían que las teorías de la transmigración del alma que tan hondo han calado en la escolástica cristiana vienen realmente del credo primitivo de los órficos griegos, y serían verdaderamente conscientes de que los judíos, asesinos de Cristo según la misma Biblia, no reconocen al profeta en Jesús exactamente igual que los cristianos no reconocen al profeta mahometano.

¿Tanto necesitamos la promesa de una vida ultraterrena para amar al prójimo?, ¿tanto necesitamos la amenaza de un tormento inextinguible para seguir las leyes que acordamos en comunidad? La religión, cuyo centro es siempre el código de la conducta religiosa, es la antesala de los códigos civiles y, como tal, constituye una necesidad de pueblos inmaduros. Es posible que la religión aporte una serie de leyes que resultan positivas en momentos en los que no podemos legislar y, por lo tanto, se hace necesario convencer a la ciudadanía de que un ser plenitotémico vigila sus acciones, pero hoy no; hoy deberíamos ser lo suficientemente grandes como para ir al baño sin la ayuda de papá.

***

Finalmente he llegado hasta la máquina. A veces, cuando pienso demasiado, aparezco en el mundo como si me hubieran arrojado de una nave extraterrestre. Saco un euro, lo introduzco en la ranura y selecciono qué producto se ajusta mejor a mis necesidades actuales. Poco a poco un vaso de plástico color carne se va llenado de un fluido de color marrón oscuro.

Es el peor café que he tomado en vida.

Martin Luther King - Cross

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Una respuesta a “Mete en el río al que ama el agua

  1. Parece que en Harlan estáis interesándoos mucho por la religión últimamente. Veo muy importante hablar de religión, porque tiene que evolucionar igual que evolucionamos nosotros, pero no veo apropiado el tono tan estricto que empleas. He leído algún artículo en esta misma publicación mucho más adecuado. Me sorprende, becario, que no aprendas del otro autor y te atrevas a anular las creencias del 98% de la población mundial.

    Por cierto, para ser becario escribes muy bien. Mucho mejor que los jefes de los becarios. Me gustas.

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