Pesadilla antes de Navidad

Estoy solo. Llegan las vacaciones de Navidad y mis jefes y compañeros (contratados) se están tomando unos merecidos días de descanso. Y por merecer parece que yo no merezca ni un sueldo. Ya puestos también se podría suponer que no tengo familia, amigos o vida en general. Las vacaciones son sólo para personas, y por lo visto yo todavía soy sólo un proyecto, aunque haya conocido ya veinticinco primaveras. No importa. Mejor reinar reinar en el infierno que servir en el cielo, como diría Milton. Y hoy este es mi averno particular, con su máquina de café, sus ordenadores vacíos y su luz mortecina. Me acomodo en mi trono para pasar un día de genuina procrastinación.

Para disfrutar de mi recreo matutino me dispongo a leer algunas noticias en el ordenador. Veo lo de siempre: que si Podemos, que si los nuevos casos de corrupción, que si el tratado de libre comercio entre Europa y Estados Unidos (ay, no, de esto no se habla en ningún lado)… Cuando ya me disponía a jugar al Stanley’s Parabole encontré algo más interesante, y eso que estaba en la web de El País. No incluiré el enlace por miedo a que con la nueva tasa Google me cobren hasta por hacer publicidad de un medio de comunicación. Recurriré al plagio y ustedes tendrán que confiar en la buena fe de mis palabras, como en los viejos tiempos. Y ellos sabrán.

Resulta que en la T4 de Barajas (el mismo aeropuerto que ha utilizado mi jefe para pasar unas Pascuas subtropicales en Canarias) viven una treintena de personas, entre las puertas de embarque, las cafeterías de 24 horas y las tiendas de souvenirs. Pero no es que se hayan atrincherado en un campamento improvisado de carritos y cartones; estos inquilinos se confunden con los viajeros, y para la mayor parte de la gente pasan totalmente inadvertidos. Visten bien y transportan su equipaje en carritos, como cualquier turista, resultando anónimos, paradojicamente, en su nuevo hogar. Muchos llevan ya tiempo allí y la experiencia les hace conocer el aeropuerto mejor incluso que los trabajadores.

Al leer esto no pude dejar de pensar en el concepto de no-lugar de Marc Augé, antropólogo francés que acuñó este término en los años noventa para referirse a espacios como los autopistas, las habitaciones de hotel, los supermercados o los aeropuertos, que no tendrían entidad suficiente para ser condiderados lugares, y que sólo se definirían como áreas de transiciones de individuos. ¿Y qué pensarían los habitantes invisibles de Barajas si les dijeran que que donde comen, duermen y se asean no es un lugar (o más bien es un no-lugar)? A primera vista parece un tratamiento ofensivo, una violenta anulación de identidad, un ninguneo. Pero también puede ser un epíteto en consonancia con la dramática situación de estas gentes. Quizás son no-personas viviendo su no-vida en un no-lugar, relegados de la sociedad con menos derechos, menos visibilidad, menos entidad.

¿Y yo? ¿Soy una persona viviendo su vida en un lugar? Mi oficina vacía parece todo menos un lugar con significación antropológica. Y aún cuando estamos todos lo que importa es aparentar que se trabaja, pasar desapercibido y confundirse con los demás. Crear la ilusión de que se está haciendo algo, de que pasan cosas, de que la oficina existe porque es algo productivo, quizás hasta necesario. Como los inquilinos de Barajas, que se confunden con los viajeros (los cuales aparentan a su vez ser viajeros, aunque lo sean). ¿Quién es más impostor aquí?

Mientras pensaba en estos asuntos me encontré, oportunamente, con otro artículo sobre las hazañas de Francisco Nicolás Gómez Iglesias, más conocido como el pequeño Nicolás. Impostor o no, se ha convertido en un ídolo de Internet, el nuevo “puto amo”, y no sabemos si su hazaña es metérnosla doblada o codearse con la corruptela política del PP. Así es la opinión pública, un día todos parecemos santos mártires y la casta es la más pura opresión vampírica sobre la ciudadanía, y otro nuestros ídolos son los que se salen con la suya, los pillos con chófer, la picaresca con guante blanco. O quizás nos lo que nos fascina de personajes como el pequeño Nicolás es su capacidad de transgresión de la identidad, su capacidad de engaño. Tenemos el listón muy bajo entonces.

Pues Nicolás, por lo que se ve, tampoco era un falsificador de pro (y eso que le ayudaron en alguna comisaria a darle el toque a sus falsos documentos) aunque quizás no le hiciera mucha falta para sus modestos objetivos de relacionarse con la mediocre élite politico-económica de este pais. Siempre que pienso en fraudes o en impostores, pero en su vertiente menos chabacana, me viene a la cabeza Elmyr de Hory, falsificador de arte magnificamente retratado en F de Fraude (1975), un documental-ensayo de Orson Welles. Al parecer Elmyr era capaz de hacer un Modigliani, un Matisse, un Derain o un Picasso sin mucho esfuerzo y pudiendo confundir a los mayores expertos en arte del momento, incluso a veces a los propios artistas. Lo mejor es que ni siquiera copiaba las obras de los grandes maestros, tenía tan integrado su estilo que era capaz de inventar un nuevo Matisse de 1936 del que no se dudara de su autenticidad. Era capaz de reescribir la historia.

Falsificadores de arte, chavalines avispados, habitantes de aeropuertos u oficinistas desilusionados, todos parecemos interpretar un rol, más o menos afortunado, más o menos elegido. “El mago es solo un actor interpretando el papel de mago”, decía Robert-Houdin (del que luego el famoso Houdini tomaría el apellido a modo de homenaje), y puedo que su frase se pudiera extrapolar a cualquier profesión o condición. La clave estaría entonces en interpretar un buen papel, y sobre todo que sea creíble para uno mismo.

Quizás, como el Coronel Kurtz de Apocalypse Now, me estoy adentrando demasiado en el corazón de las tinieblas y sea incapaz de volver a la normalidad después de estos pensamientos solitarios. Y es que el sueño de la razón produce monstruos, y más en una oficina deshabitada donde puedo escuchar el eco de mis pensamientos acompañado de un lejano pero estridente soniquete de villancico. Oigo unos pasos sigilosos en la puerta. Puede que sea mi fantasma de Navidad particular. Que Dickens nos coja confesados.

Felices fiestas.

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