“Espejos”, de Luis Hidalgo

Dicen que siempre que un espejo entra en juego se crea un alma.
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Te vi un día en la calle, confusa, tus pendientes cantando el sonido de la plata, y pensé cuántas como tú habría más en el mundo. No me atrevía a acercarme y decirte algo, eras demasiado lejana para mí, una sombra de humo, inaprensible y bella. Así que tomé la decisión de probarlo, de buscar un alma como la tuya, como tus pasos por la acera: rápidos y ligeros, casi sin peso, como tu voz cuando pasabas a mi lado hablando con alguien, certera y alegre. Compré láminas de plata y vidrio fino y ensamblé, uno a uno, veintiocho espejos. Todos cubiertos con una capa negra antes de que nada se reflejase en ellos, habían de ser destapados a la vez mientras yo pensaba en ti, en tu espíritu de aire y fuego, en tu calor deseado de cariño desconocido. Así procedí: corrí cuerdas por toda la habitación enganchando las telas y las hice tender de un punto central para levantarlas al mismo tiempo. Los espejos mirándose entre sí, yo pensando en ti, invoqué con todas mis fuerzas encontrar a alguien como tú. No funcionó; me dediqué a cocinar pasteles durante toda la madrugada. La noche olía a canela por todo el bloque, mi cocina inundada de dulzor, de pronto sonó el timbre. Eras tú: ibas buscando el origen de ese olor. Te presentaste y cocinaste conmigo, hablamos durante horas, pasamos una gran noche, la cabeza enredada entre los aromas a canela y limón de los pasteles que cocinamos. Cuando me dormí, te fuiste.

Al día siguiente te saludé por la calle: no me conocías. No supe qué más decir después de tu cara sorprendida y asustada; me fui a casa. Miré los espejos y allí estabas, de frente, de perfil, desde arriba y abajo. Cada ápice de tu cuerpo y tu manera de caminar, tu deje dulce y los olores de la noche en aquellos espejos. Pero no había nada fuera de ellos, nada más vivo que tu preciso retrato en esas frías superficies de cristal. Me senté en el suelo de la habitación, me tapé los ojos y lloré profundamente: sonó el timbre. Eras tú otra vez. Pasamos la noche leyendo varios libros de poesía: tú recitabas como nadie, yo te escuchaba y repetía. Nos miramos lentamente y casi pasó lo que esperaba, pero no llegó, antes te fuiste.

Amanecí en la sala de los espejos, todos contigo, tú tan quieta, completa. Y esperé a la noche y llegaste otra vez a mi puerta. Lo pasamos bien, pero algo me pesaba dentro: no eras real, estaba seguro.

Antes del amanecer te pedí algo: «Rompamos juntos los espejos», te dije. Los rompimos. Seguías allí a mi lado, pero llegó el amanecer y yo caí dormido. Tú no estabas al despertar.

Llegó de nuevo la noche, los espejos rotos y mi timbre estaba quieto, callado, mudo. Y tú por la calle no eras tú, eras ella y yo te quería a ti, chica de los espejos. Ahora camino por ferias y cristalerías. Te buscó mirando en todos y cada uno de los formados de plata y vidrio y tú, a veces, apareces y me sonríes. Yo, esos días tú, soy feliz.

Texto de Luis Hidalgo.

Si quieres saber más sobre el autor, síguelo en Twitter y a través de su blog: @_caosenleche y caosenleche.com

Fotografía de portada por William Klein

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