Problemas de nadar en superficie

Desde mi rincón de la oficina se ve pasar un flujo intermitente de vehículos: gente que va de su trabajo a casa o al colegio de sus hijos, gente que pide permiso a su jefe para implorar cita al dentista o, simplemente, para pasarse una mañana dentro de la cama combatiendo la ansiedad en Internet. En la ventana de mi explorador hay dos pestañas abiertas: una en la que aparece el último Doodle de Google y otra en la que el scroll down de 9GAG ha dejado atrás al menos medio centenar de posts sobre gatitos. Apuro el último sorbo de mi vaso de café. Son las seis de la tarde y me toca cerrar, como todos los días.

Cuando salgo a la calle arrecia un vendaval de flyers y de bolsas de patatas. He pasado la mitad de la mañana en mi tablón de Facebook viendo cómo mis contactos compartían con euforia los tráilers del nuevo pastiche de Star Wars (esta vez de la mano de la factoría Disney) y de la última secuela de Parque Jurásico. En un momento u otro se ha debido de agotar mi fe en la humanidad —siempre suministrada en dosis paliativas— porque he cerrado de un plumazo las ventanas del explorador y de la calle.

Cada vez tengo más claro que existen dos conceptos de cultura diametralmente distintos. El primero de ellos es el que los intelectuales rescatan una y otra vez del sumidero de la historia, aquel que constituye ese pedazo de nosotros que nos define como integrantes de un pueblo y herederos de un espíritu, y aquel que, al mismo tiempo, marca las directrices de quien quiere progresar en una disciplina. Por otro lado existe ese concepto posmoderno de cultura que tiene más que ver con lo que pasa hoy que con lo que los archivos nos demuestran que pasó; es esa la cultura que nos atañe de manera más inmediata y también la que heredamos directamente de nuestros padres para modificarla luego como parte de una nueva generación o grupo de influencia. Por supuesto, la única diferencia entre un concepto y otro es de carácter temporal, pues lo mejor de nuestro trabajo, ya sea individual o colectivo, será heredado siempre por las generaciones que sucedan a la nuestra.

La posmodernidad ha consistido, entre muchas otras cosas, en la eliminación de las fronteras entre formas de cultura. No por casualidad es el eclecticismo el signo principal de nuestro arte; no por casualidad calificó Stockhausen los atentados del 11 de septiembre del año 2001 como «la mayor obra de arte jamás realizada». A día de hoy, de hecho, nuestro propio concepto de historicidad se ha visto completamente alterado gracias a los avances en el terreno de la comunicación. Decir «somos nosotros los que hacemos nuestra historia» equivale a afirmar que «todo lo hecho es susceptible de elevarse a la categoría de producto cultural y, por lo tanto, de valorarse y de exponerse como objeto de culto».

Desde luego Star Wars es un producto cultural, como también lo son las bailarinas de Degas o la Quinta Sinfonía de Beethoven. La diferencia entre nosotros (posmodernos y miembros de las primeras generaciones de la Era de la Información) y nuestros antepasados está en que nosotros tendemos a situar los tres productos en el mismo nivel, sin importar que el filtro de decenas de generaciones haya legitimado ya la calidad de las últimas y no de la primera.

Pero que nadie rasgue aún sus vestiduras. No pienso comparar lo viejo con lo nuevo o despreciar mis propias perspectivas generacionales. Si doy vueltas a esto es porque creo que el eclecticismo implica un riesgo que los críticos no tienen por costumbre señalar, y que ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una problemática evidente; y es que elevar a la categoría de culto cualquier producto cultural, sin importar si ha sido ya filtrado por la historia o representa otra efeméride del mundo del consumo, implica necesariamente una lectura en superficie del océano cultural que ha generado hasta el momento el ser humano.

Vivimos en una época en la que cualquiera con un ordenador puede asumir una cultura ajena. Podemos haber nacido en Elche y decidir abrirnos paso en la música country, por ejemplo, o declararnos miembros de derecho de una secta tibetana desde un café vintage de Malasaña. Y es que en un momento como este, cuya característica central es sin duda la disponibilidad total de la información, ¿cómo diferenciar al monje de quien solo lleva el hábito?, ¿está verdaderamente clara la diferencia entre pertenecer a una cultura y revestirse de su estética? Desde luego, tampoco es casualidad que uno de los principales rasgos de la estética hipster sea mostrar a la comunidad lo que se adquiere y se consume a través de las redes sociales: la fidelidad al consumo de un determinado tipo de productos legitima al individuo como miembro de uno u otro colectivo, le garantiza un rol, una figura en la comunidad.

Derribar las fronteras entre estas dos clases de cultura nos conduce, en demasiadas ocasiones, a nadar únicamente en superficie; el exceso de productos culturales, siempre caracterizados por su disponibilidad, nos aleja del fondo del océano. Hace no tanto tiempo un músico nacido en Mali hubiera estado desde niño sumergido en la cultura musical de su país y, para destacar, su única salida además del esfuerzo hubiera sido la de profundizar al máximo en su propia tradición. Algo similar le hubiera sucedido a un ceramista japonés o a un dramaturgo coreano; a veces, sin embargo, una casualidad maravillosa habría terminado colocando a un griego en la ciudad antigua de Toledo y, solo entonces, El Greco habría pintado su Laocoonte.

De repente el ruido de las llaves me rescata de mi ensoñación. Casi sin darme cuenta he terminado en el portal de casa. Antes de que me dé tiempo a abrir uno de mis vecinos sale y se lanza sin mirarme a la boca del metro. Todos los que aquí viven lo hacen como yo, todos son jóvenes que han aceptado un puesto mal pagado en una gran empresa, una oficina o un departamento de contabilidad, sencillamente porque no había nada productivo a lo que dedicarse a cambio de dinero. Me gusta pensar que todos, durante el trayecto que hay desde el trabajo a casa o a la hora de almorzar, dejamos divagar al pensamiento en un terreno en que se mezclan el cinismo y la proactividad que nos negamos a invertir en la oficina. Sí, como otros tantos yo soy un becario en una empresa grande, la sombra de un trabajador cuyo destino es ser sustituido en cuanto sea posible por un programa menos deficiente en líneas generales. Soy, en definitiva, uno más, y, aunque no sé por qué, hoy me siento un superhéroe sin colores y sin capa.

En cualquier caso mañana será otro día, pienso, y esta tarde toca leer un poco de literatura y despejarse de Internet. Me acerco a la mini-cadena e introduzco una cinta de casette (un casette, sí, no hemos retrocedido a los noventa) en el reproductor. En seguida comienza a sonar una canción que relata, entre otras cosas, la historia de un grupo de marinos durante una tormenta en alta mar.

De pronto me paro a pensar y se me escapa una sonrisa. Alguien tendrá que bucear, después de todo.

 Fotografía de portada extraída de Katrin Korfmann extraída de aquí

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4 Respuestas a “Problemas de nadar en superficie

  1. Parece que seguimos en 1965 y Umberto Eco nos define a los apocalípticos e integrados de la cultura de masas. ¿Después de 50 años el discurso es el mismo, hay que posicionarse con un nostálgico quejido o abrazar todo lo nuevo sin distinción?

    Por cierto que el “concepto posmoderno de cultura” al que te refieres tiene más que ver con el término antropológico que define cultura como los fenómenos humanos de una comunidad que no tiene que ver con la genética. No es lo mismo que la cultura como oposición a barbarie o como los saberes “elevados” de una sociedad.

    Celebro que el Greco trajera su sensiblidad de oriente, y que Manet se inspirara en los grabados japoneses que a su vez se inspiraron en el concepto de espacio occidental. Celebro que George Harrison tocara el sitar aunque no tuviera una formación tradicional india de 20 años y que Picasso pintara máscaras africanas sin tener remota idea de su significado original.

    La superficie es muy profunda.

    • Muchas gracias por tu inteligente comentario, JuanSinMiedo, pero no puedo evitar pensar que has hecho una lectura parcial de mis palabras. El problema (que como tú señalas, no soy ni mucho menos el primero en señalar, aunque no coincido en todo lo que sostiene el Eco de los años sesenta) no está en que la cultura de masas no haya aportado productos culturales de indudable calidad artística, sino en que la eliminación de las fronteras entre estas ideas de cultura lleve al público a encontrarse ante una cantidad ingente de productos y de ruido (utilizando una analogía digital), y que precisamente por ello quede incapacitado para acceder a la cultura anterior a su tiempo y, sobre todo, a la periferia cultural de cada época, solo accesible mediante el estudio. El hecho de que cada vez menos jóvenes escuchen música clásica (o jazz) está íntimamente ligado a una cuestión de accesibilidad. Una sinfonía es, por su simple extensión, poco accesible para un público acostumbrado a canciones de 3 minutos y medio; la textura de una obra de Charlie Parker es demasiado compleja para un público acostumbrado a consumir casi exclusivamente canciones de estructura comercial. Es interesante que la hiperespecialización de nuestros profesionales técnicos contraste con la hipoespecialización de muchos artistas contemporáneos (músicos, pintores, escritores….). No me considero, ni mucho menos, un nostálgico pero, en la era de la red y de la onda, me parece necesario defender la estética del círculo concéntrico.

      Un saludo,
      el Becario.

  2. No se, siento un elitismo muy mal disimulado en cada requiebro e insinuación de dos mundos culturales; el bueno o elevado y aquel reservado para el entretenimiento de cerebros inferiores, con destinos inferiores, más propicios al becariato.

    • Buenas Sammas, muchas gracias por tu comentario. No recuerdo haber hablado de dos mundos culturales, sino de dos conceptos de cultura diferentes. Me gusaría dejar claro que para mí no existen dos culturas diferentes, sino dos formas de entender el universo cultural: una sincrónica y otra diacrónica. El riesgo que señalo en este artículo es el de asumir, sin reflexión previa, que todos los productos culturales están al mismo nivel, no tanto por un problema de juicio crítico sino porque renunciar a un canon (encarnación de la perspectiva diacrónica) implica introducir una enorme cantidad de ruido , no solo en la historia del arte sino también en la formación del artista contemporáneo.

      Un saludo,
      el becario.

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