La ignorancia os hará felices – The Fake (Sang-ho Yeon, 2013)

Hace unos meses escribía en esta misma revista sobre la película The King of Pigs, del director de animación surcoreano Sang-ho Yeon. En esta ocasión la película elegida es el segundo largometraje del mismo director, estrenado en el año 2013 y ganador del premio a Mejor Película de Animación en el Festival de Sitges, y que fue discretamente distribuida en nuestro país por Mediatres Estudio.

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Como  ya dije en el primer artículo, la industria de la animación en Corea del Sur ha sido, desde los años ochenta hasta principios del nuevo milenio, la fábrica de dibujos de medio mundo. Repasamos cómo, con la venida del nuevo milenio, los animadores surcoreanos se lanzaron a crear sus propias obras audiovisuales dejando de lado las subcontrataciones. Poco a poco, y victoria tras victoria, la animación surcoreana se hizo un hueco tanto a niveles nacionales como internacionales, si bien es cierto que jamás logró (ni lo ha logrado hasta ahora) llegar al grado que sí alcanza su ficción de acción real. En el año 2002 el mundo de la animación rindió homenaje a Corea del Sur otorgando el premio a Mejor Película en Annecy a My beatiful girl, Mari (Lee Seong-kang), y pareció dejarse llevar por la novedad y el ímpetu de esta primera película al otorgar al año siguiente el galardón a la también surcoreana Oseam (Baek-yeob Seong), aunque esta fuera claramente inferior a Mari. Los destellos de las primeras grandes producciones surcoreanas, pertenecientes a realizadores como Chan-wook Park, Joon-ho Bong o Kim Ki Duk, parecieron nublar la vista de muchos, que intentaron dotar del prestigio de los galardones a ciertas obras de inferior calidad.

Sin embargo, el  hecho era patente: el mundo de la animación y del cine empezaba a mirar con detenimiento a un país que había sido un gran desconocido hasta entonces, y el cine coreano no iba a quedarse por más tiempo a oscuras para no ser visto. Los productores surcoreanos optaron por invertir en el cine de animación a pesar de ser algo que todavía hoy se entiende como un producto infantil dentro sus propias fronteras. De esta manera, la cinta Wonderful Days (Moon-saeng Kim, 2003) se convierte en el faro destinado a atraer todas las miradas. Se trata de una producción ideada en el año 1995, comenzada en 1998 y terminada en el año 2003, con un coste de ocho millones de dólares que la convierte en la película de animación más cara de la historia de Corea del Sur. Habiendo sido pensada como un producto internacional que se estrenó en diferentes países, entre ellos España, y con pretensiones de competir mano a mano con el anime japonés, y a pesar de que la película es de una calidad de imagen notable, de plantear un uso muy inteligente de la tecnología 3D para crear escenarios y de la ilustración 2D para los personajes, y de contar incluso con un guión sólido y cercano al discurso ecologista de Hayao Miyazaki, la cinta acabó resultando ser uno de los mayores fracasos de la industria audiovisual surcoreana. La animación del país sufría así su primer gran batacazo económico, pero logró parte de su objetivo: presentar a Corea del Sur como una potencia capaz de hacerle fuerza (o al menos de intentarlo) a la animación mundial. Desde ese momento, los productores surcoreanos han tratado de crear obras de cierto presupuesto que les permitesen salir de sus fronteras nacionales, y así tenemos casos como Empress Chung, de la que ya hemos hablado anteriormente.

A pesar de los intentos de las productoras y grupos empresariales coreanos de crear grandes obras de animación, este tipo de cine sigue siendo algo indudablemente minoritario en el país. Sin embargo, para muchos, la animación no es solo otra herramienta más a través de la cual lograr ganancias y extender el mercado, sino una respuesta artística a una necesidad interior. Es aquí donde encaja la figura de Sang-ho Yeon, que en la actualidad se muestra como uno de los principales renovadores de la animación surcoreana y que ha llegado a ello desde un espacio pequeño y alejado de las grandes producciones.

Se trata de un heredero del cine de animación independiente y políticamente combativo formado en los años ochenta alrededor del Grupo Minjul. Este grupo surge de una complicada situación política en el país, por la que las dictaduras militares y civiles se superponen sin un aparente cambio democrático. Los autores que lo integran se unen con la idea de hacer una animación realista pero que subvierta  los cánones estéticos imperantes en el momento. Para lograrlo, asumen el ordenador como herramienta básica de trabajo y realizan sus ensayos y obras visuales dentro de los círculos universitarios. A pesar de que hoy en día el grupo ha perdido su peso político y combativo, debido a la democratización del país, su espíritu independiente y transgresor se mantiene en sus trabajos y en el de otros autores influidos por su política. Es aquí donde podemos encajar la obra de Sang-ho Yeon, quien funciona como un autor independiente de los poderes económicos.

Desde su productora DADA Show, este director lleva a cabo sus proyectos de manera autogestionada. El estudio fue fundado para la realización de The King of Pigs a causa de las negativas de varios productores a invertir en el guión que Sang-ho Yeon les presentaba. Según sus propias palabras, a pesar de encontrar a los productores deseosos de invertir en animación, estos no buscaban historias adultas y duras como la que presentaba su primer largometraje, por lo que su primera película tuvo que llevarse a cabo con una quincena de trabajadores y con Sang-ho Yeong dibujando un tercio de las animaciones de la película. El ordenador se convierte en indispensable para la animación independiente (al reducir los gastos de personal y de material) y Sang-ho Yeon toma el dibujo digital como símbolo estético de sus películas. A pesar del reconocimiento nacional que obtuvo The King of Pigs, el deseo de Sang-ho de contar historias adultas que denunciaran diversas situaciones propias de la sociedad coreana (y de cualquiera) le han mantenido fuera de los círculos comerciales de la animación coreana, razón por la cual su segundo largometraje, The Fake, se realizó en las mismas circunstancias que su primer trabajo.

Paradójicamente, esta segunda obra del realizador surcoreano sí que ha logrado traspasar las fronteras internacionales, venciendo así en un campo en el que algunas de las grandes películas de animación del país han fracasado. The Fake fue preseleccionada por Corea del Sur para representar al país en los Oscars, ha logrado algunos premios fuera de Corea y se ha estrenado en cines de todo el mundo. Los números se hacen aún más apabullantes si nos fijamos en el coste de producción de la película de Sang-ho que apenas ascienden a 360.000$ frente a los 134,2 millones de dólares que costó la cinta de Disney Frozen (Chris Buck, Jennifer Lee, 2013), que finalmente se alzó con la estatuilla. Un caso similar al sucedido en España con la cinta O Apóstolo (Fernando Cortizo, 2012) que a pesar de ganar el Goya a Mejor película de Animación y el Premio del Público de Annecy apenas fue vista en nuestro propio país.

En esta ocasión la crítica mirada del realizador coreano se aleja del mundo de los niños y de las escuelas para llevarnos a un pequeño pueblo que ve amenazada su existencia por la construcción de una nueva presa. De forma similar a Jia Zhang-Ke, a quien mi compañero Pedro Vasallo ya dedicó una entrada, Sang-ho utiliza la presa como símbolo del peso que la modernidad y las grandes urbes ejercen sobre la tranquilidad tradicional de un pequeño pueblo rural. Si bien en la película del realizador chino la historia se desarrolla después de la destrucción del pueblo por la construcción de la presa, en esta ocasión vemos los últimos meses de un pueblo que sabe que terminará por desaparecer.

La trama, como el propio nombre indica, gira alrededor de una estafa que se está cometiendo en la pequeña población: una secta cristiana se ha asentado en la localidad y el joven párroco que la dirige consigue atraer cada vez a más fieles. Los pobres vecinos de la localidad, cada uno con sus propios problemas y sabiendo que deberán dejar sus casas a cambio de una miseria, empiezan a acudir a la iglesia en busca de consuelo y salvación. A cambio de pequeñas donaciones semanales, el dueño de la iglesia y el pastor prometen a su rebaño una mejor vida en un nuevo asentamiento después de la llegada de la presa. Obviamente, y como comprendemos tras pocos minutos de película, dicho asentamiento no es más que una farsa y lo único que buscan los dos promotores de la iglesia es quedarse con las riquezas del pequeño pueblo. Sang-ho emplaza su relato alrededor del problema social que puede llegar a significar una secta, aunque se aleja de otros tratamientos más cercanos al terror realizados en los últimos años, como The Sacrament (Ti West, 2013) o Red State (Kevin Smith, 2011), para crear un discurso social similar al de su primera película.

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Sang-ho Yeon convierte en protagonista de la película a Mincheol, cabeza de familia de uno de los hogares del pueblo. La primera visión que tenemos del personaje es la de un hombre asiduo a los bares de la gran ciudad, un ebrio pendenciero que no duda en tener una refriega con un hombre trajeado. Este rifirrafe con el empresario será lo que ser el único de sus vecinos que verá la farsa  tal y como es ya que descubrirá a raíz de la pelea que aquel rico es un buscado estafador y casualmente el promotor de la nueva iglesia de su pueblo. Será el orgullo de desenmascarar y poner entre rejas al mentiroso que le humilló en su altercado lo que sitúa a Mincheol como el protagonista de la película. Sin embargo, en el mundo de Sang-ho Yeon nada es blanco ni es negro, pues nuestro héroe parece salido de las peores pesadillas. Pronto descubrimos el verdadero rostro de Mincheol (en cuanto llega a su hogar) y sabremos que se ha gastado los ahorros de la universidad de su hija en juegos de azar y bebidas. No contento con eso, Sang-ho Yeon crea un héroe maltratador, a quien no duda en mostrarnos en pantalla ejerciendo la violencia doméstica en su propio hogar. Así, el encargado de liberar a su pueblo del engaño e impedir que sean estafados se nos presenta como un ser horrible capaz de causar el peor de los dolores a su familia, un ser despreciable, movido solo por el orgullo, ya que la única satisfacción que busca en hundir la secta es la de encarcelar al hombre que le humilló; un héroe que es, en fin, descrito por uno de sus vecinos de la siguiente manera: “Eres malo. Todo el mundo lo sabe. Supongo que nunca te has dado cuenta”.

Corea del Sur es uno de los países donde más ha crecido el número de cristianos en los últimos años. En la actualidad, la mitad de la población no tiene ninguna preferencia religiosa, pero de la mitad que sí profesaba fe en alguna religión más de la mitad se declara cristiana. En total, el 30% de la población del país es cristiana, con aproximadamente un 19% de protestantes y un 11% de católicos. La libertad de culto está garantizada por la constitución y el país no tiene una religión de estado, lo cual permite una enorme proliferación de diversos movimientos religiosos y de algunas sectas como la llamada Iglesia de la Unificación, creada por Sun Myung Moon.

Sang-ho Yeong parece avisar en su cinta sobre los peligros de aquellos que buscan un negocio en la fe y la desesperación de los demás, y no duda en mostrarnos un pueblo desesperado mientras es desvalijado por un grupo de estafadores. En el constante discurso que establece en la película entre la modernización y la vida de los pequeños pueblos superpone también el conflicto entre ciencia y fe, al mostrarnos cómo los engaños del nuevo párroco hacen que una mujer enferma de cáncer abandone sus tratamientos a cambio de beber un agua supuestamente milagrosa. La promesa del párroco de ser uno de los elegidos para el Reino de los Cielos lleva al pueblo a creer ciegamente en sus palabras en busca de la salvación de su alma y vida eterna a cambio de los placeres y riquezas de la vida terrenal.

En su afán por mostrar a través de la animación diferentes situaciones del día a día, este director adorna la historia principal con pinceladas de otras situaciones terribles. Si en The King of Pigs trataba de forma sutil el abandono familiar o la prostitución adolescente, en esta ocasión nos presenta a un cura aparentemente ingenuo que se deja engañar por el promotor de la iglesia para su estafa, pero que en realidad es un prófugo acusado de pederastia (un escándalo que salpica a menudo a la institución cristiana). Si la forma de tratar la prostitución adolescente en su primera película giraba alrededor de la única salida de una joven para pagarse sus caprichos, en esta ocasión Sang-ho Yeong entra en el mundo de la trata de blancas alrededor de la hija de Mincheol, quien, al verse privada de sus ahorros por culpa de su padre, acepta un trabajo de la mano del promotor de la iglesia. Dicho trabajo no es otro que el de muchacha de compañía en un karaoke de la gran ciudad, dónde la joven se ve obligada a complacer a los clientes sexualmente.

El mundo que Sang-ho Yeon nos presenta es un mundo terrible donde la mentira y la violencia son los principales motores sociales. Una violencia y unos engaños que a medida que nuestro protagonista intenta desenmascarar la estafa se vuelven más intrincados y más peligrosos. Frente al calvario que Mincheol sufre para intentar salvar a su pueblo, de forma totalmente egoísta y movido solo por su orgullo y ansía de violencia, Sang-ho Yeon nos presenta la felicidad y tranquilidad de un pueblo que lo ha dado todo a cambio de la salvación. Un pueblo que, a pesar de ver a su párroco mentir a la policía o el daño que se le hace a Mincheol, opta por callar y seguir la corriente con tal de no perder su vida en el más allá. La ignorancia del pueblo parece dotarlo de una inquietante aura de felicidad, llegando a presentarse a Mincheol como alguien poseído por el diablo que quiere lo peor para los suyos y convirtiendo así su historia en una perversión del cuento de Pedro y el Lobo, ya que el pueblo no cree la palabra de un reconocido maltratador a pesar de que este esté intentando evitar que sean estados.

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De nuevo Sang-ho Yeon utiliza la animación digital que tanto le caracteriza para retratar la sociedad de una manera extremadamente realista. Igual que en sus anteriores obras su estilo de dibujo nos muestra a protagonistas con marcados rasgos coreanos (a diferencia de la animación japonesa, que tiende a occidentalizar sus cánones) y no duda en deformar los rostros en el momento del llanto o de la violencia, convirtiéndolos en reflejos de la maldad o del dolor. Hace de la imagen de síntesis, en fin, un fiel reflejo de la realidad que quiere mostrarnos de forma similar a Ari Folman en su documental animado Vals con Bashir (2008), donde el realizador israelí relata sus vivencias como soldado durante la masacre de Sabra y Chatila utilizando la animación como herramienta; ante el horror de la guerra y de lo que puede llegar a hacer el ser humano acude a la imagen digital como medio.

La segunda película de Sang-ho Yeon le sitúa definitivamente como una de las figuras más interesantes de la animación contemporánea. Su discurso, cercano al realismo social a la hora de tratar los problemas de su país, ha logrado traspasar fronteras consiguiendo una universalidad añorada por su cine de animación y encontrada casi por casualidad al contar por primera vez, a través de la misma, los problemas de unos escolares en Corea del Sur. Las historias de Sang-ho Yeon están sacadas de sus propias vivencias y recuerdos, pero son equiparables a los de cualquier ciudadano del resto del mundo. Sang-ho Yeon, de la manera en que también lo hace Vittorio De Sica, deja al espectador con una terrible sensación de pesadumbre ante lo narrado, pues este director no busca el simple entretenimiento, sino mostrar una realidad a través de su prisma creador, intentando así causar una reacción por nuestra parte. Quizás, como individuos, no podremos arreglar el mundo que nos muestra Sang-ho, pero sí que podremos, al menos, arreglar la pequeña parcela que nos corresponde para evitar así los abusos que su animación denuncia.

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