El estómago agradecido. Sobre Los mares del sur

El pasado otoño se cumplieron diez años de la muerte de Manuel Vázquez Montalbán. Conviene revisar la que fue su novela negra mejor conocida, Los Mares del Sur, aunque solo sea para recordar el paladar filosófico que gastaba don Manuel, un comensal ejemplar donde los haya, como ya demostrara en aquel libro titulado Mis almuerzos con gente inquietante, una exquisita conjunción entre política y gastronomía patria. ¿Acaso son algo distinto?

Deux tahitiennes, Gauguin

Deux tahitiennes, Gauguin

«No tengo partido. Ni siquiera tengo gato», comenta un personaje de ficción a otro. Estamos entre un artista y un detective, una escena crucial de Los Mares del Sur, la novela policíaca mejor conocida de Manuel Vázquez Montalbán. Los Mares del Sur narra la investigación sobre la muerte de Stuart Pedrell: hombre de negocios, lector de poesía italiana, pobre imitador de Gauguin. A diferencia del artista francés, Pedrell nunca llegará hasta la Polinesia. «Piu nessuno me porterà nel sud», que reza el verso que llevaba el cadáver consigo, firmado —si mal no recuerdo— por Salvatore Quasimodo. El inspector Carvalho tiene, como siempre, el mando de las operaciones. Le esperan entrevistas breves con hombres repulsivos (sorry por el guiño). Todo un lujo de conversaciones donde el perfil del desaparecido comienza a delinearse mientras el detective pilla cacho o algo.

Así de simple es la economía de medios narrativos desplegada por Montalbán: diálogos de cuatro páginas bastan para hacerse una idea del estrato social del entrevistado, una tesela más del mosaico social dibujado por la novela; como condimento del intercambio discursivo tenemos variadas anotaciones sobre la ciudad, genuina protagonista de una intriga que, recordemos, versa sobre la desaparición de un especulador o, en la jerga actual, un emprendedor del ladrillo. Pedrell es un empresario alienado que amasó mucha pasta haciendo dumping con la caseína entre Argentina y España durante el bloqueo económico de los 50. Más tarde orientó su negocio a la construcción. Las opiniones de Carvalho sobre este particular, no por más tópicas son menos precisas. Por ejemplo: «Sentimientos contrarios le despertaba Vía Layetana con su aspecto de primero e indeciso paso para iniciar un Manhattan barcelonés que nunca llegaría a realizarse.» BCN y NYC nunca se han tocado, cierto sigue siendo eso hoy, ahora que la capital del Mediterráneo ha pasado, sin solución de continuidad, desde el estilo modernista hasta la mandanga de cristal 100% Abu Dhabi.

Destaca entre los entrevistados el camarada comercial de Pedrell, en cuya mansión entra Carvalho tarareando El Vals del Emperador, y a cuya hija se zumbará repetidas veces el inspector, no por nada en especial, sino solo para salpimentar la narración con adjetivos virgueros, que el erotismo siempre permite, —diría más, requiere— ejercicios de estilo, y a nadie le amargan las comparaciones y las analogías. Así, «como si quisiera agitar continuamente la bandera de su melena rubia y espesa como una mermelada derramada lentamente desde un tarro prodigioso», describe el narrador la chica y el calendario que tiene cierto millonario como hija, Yes para los amigos, utilizando los als ob propios del machista empalmado, que no enamorado, porque el amor heteropatriarcal no conoce descripciones, apenas algunos balbuceos y je ne sais quoi, mientras que el fornicio ocasional viene a ser la patria del gongorismo.

En Los Mares del Sur las manos de las mujeres se describen según la hipotética y figurada pericia que tengan en asir penes como si fueran la Flauta Mágica de Mozart, por ejemplo. Salvando los destellos ocasionales de grandeza sexista, destaca del conjunto el uso del verbo «pretextar», marca definitiva de la casa Montalbán. También son propios, por desgracia, el retratismo social afectado («Los metros en las manos de medir apresados que se debaten por sus verdugos y van siendo conscientes poco a poco de que nunca más medirán nada») y las sentencias lapidarias saqueadas del cine. «El único muerto que me queda por enterrar soy yo mismo. No me interesa vivir un amor loco con una chica que no distingue el amor y la cocaína», reza una reprimenda entre los personajes principales que nos obliga a nosotros —hypocrites lecteurs— a apartar la vista de este semblante mitológico impostado.

Cuando no anda emulando a James Bond, licencia para adulterar incluida, nuestro detective mantiene una relación con una prostituta y se alimenta que da gusto. Dignos de enumerar son los banquetes de esta novela, cuyas dotes para levantar el apetito del lector superan con creces la capacidad de mantener la intriga. Quién puede saber quién mató a quién, quién tiene la voluntad de concentrarse en el argumento, quién puede anotar las pistas cuando la gente se pone tibia y los platos siguen pasando a nuestro lado. Patatas a la chistorra riojana, calamares en salsa, berenjenas al gratén, caracoles, mousse de gambas y lubina al hinojo, calabacín con salchichón y delicatessen similares se administra Carvalho con fiereza de estómago. Dicho sea de paso, en algún lugar he leído que la hegemonía culinaria francesa es una falacia moderna o algo por el estilo. No me cabe, sea como fuere, la menor duda. Otro gallo cantaría si hubiéramos ganado la Guerra de los Treinta Años.

Los Mares del Sur, bajo la superficie gratinada de las aventuras policíacas, los malos y los buenos, esconde unas jugosas entrañas de revisionismo benjaminiano: del Bulli para abajo, la Historia no escrita de un pueblo estomacalmente empoderado. Y como la filosofía desciende de los dolores de barriga fruto de una digestión pesada, Nietzsche dixit, también nos regala Montalbán algunos momentos de reflexión filosófica. El personaje principal se enciende la chimenea con La filosofía y su sombra, un volumen de Eugenio Trias de combustión bastante rápida y no poco tóxica, según me han comentado ciertos conocidos. Y por si fuera poco, el escritor no pierde ocasión de asaetear las distinciones de la crítica literaria. Para reírse a pulmón lleno —entiendo— a propósito de las discusiones interminables sobre los géneros literarios, Montalbán retrata una convención sobre la naturaleza y condición de la novela negra, lugar donde Carvalho entra borracho como una cuba para constatar algo bien sabido, aunque quizá peor escrito, nunca tan bien dicho como entonces: «Cuando la burguesía no puede conservar el control de la novela empieza a pintarla de colores.» Fin de cita.

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2 Respuestas a “El estómago agradecido. Sobre Los mares del sur

  1. Detecto en tu reseña un cierto tono crítico hacia Vázquez Montalbán; algo así como si desearas echar por tierra su figura mítica. Puede ser que esté equivocado pero esas alusiones a los fornicios innecesarios del detective, o a las manos de las mujeres asiendo penes me parecen más críticas al estilo de Vázquez que otra cosa.
    En mi opinión, Manuel Vázquez Montalbán es una figura insigne de la novela española que sentó las bases de la novela negra en lengua castellana desde una posición muy personal: detective vulgar, burla de la cultura burguesa, crítica a los nacionalismos trasnochados, erotismo, gastronomía vs tabaquismo y alcoholismo de Chandler y Hammett por ejemplo, estilo literario propio e historias en las que se muestra una interesante crítica socio-política.
    Un saludo cordial

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