Ciudad estética

metropolis_productionstill_300dpi_15El viajero, sí: el viajero. Cualquiera, todos lo hemos sido o lo seremos alguna vez. Cruza el camino o navega por algún mar. Caminando o flotando hacia el incierto horizonte de un espacio abierto, desierto o insondable. El viajero estará solo en el espacio deshabitado. Cruzará con lentitud o paranoica rapidez; su semblante mostrará una desbordante alegría o una sofocante aflicción.

Este viajante -feliz o angustioso- mirará en el espejo cóncavo del horizonte. Con su vista al límite y similar a una fantasmagoría descubrirá la mancha uniforme-disforme del resplandor de la ciudad. Ahí, buscará su destino o lo encontrará por el azar.

La ciudad -entonces revelada- ejercerá su fuerza de imanación, su atracción será absoluta. El viajero dejará de serlo, para convertirse en ciudadano. Tal vez, sólo por un instante –posiblemente- la habitará, compenetrándose en ella por largo tiempo. La ciudad será asilo, morada, domicilio, hogar, refugio, deslinde, apoyo, imagen, visión. La ciudad comenzará a ser construida.

La ciudad como tema de reflexión y estudio, viene acompañando al hombre desde el principio de lo que hemos dado por llamar civilización. Decimos “que hemos dado por llamar” porque el acto de civilizar se define como: “Sacar de lo salvaje” o como: “El acto de educar”, pero nuestras ciudades –modernas, posmodernas o hipermodernas- reúnen entre sus múltiples paradojas el desconsuelo del fracaso iluminista del progreso. Desconsuelo reflejado en los rostros vulnerados por el abandono y la desigualdad. En las ciudades del mundo actual se viven luchas o desigualdades más terribles que en cualquier tiempo primitivo que podamos evocar.

Toda urbe se configura como un punto de encuentros y desencuentros. En la ciudad moderna aprendemos a construir nuestro conocimiento, es decir, la ciudad no sólo será el espacio físico o geográfico que nos ocupe, no será únicamente el lugar de nuestros pasos, se convertirá además en un posibilidad ontológica y epistemológica. La ciudad o la urbe no denota solamente, como su etimología lo puede marcar, el espacio de los ciudadanos o el lugar de edificios; la ciudad será crisol de los hombres.

Para Demetrio Anzaldo, la ciudad es un lugar de reunión y desunión, es el enclave principal, la piedra angular desde donde se generan los continuos cambios sufridos y perpetrados por una comunidad. Construir o destruir una ciudad es una labor inherente al ser humano, por lo tanto, la ciudad se yergue como la manifestación más amplia y compleja creada por la mano del hombre; el espacio de la casa del hombre siempre inmerso en cambio constante.

Los proyectos ideológicos y vitales de cada civilización pueden verse reflejados en sus ciudades físicas o sus ciudades imaginarias. Platón en sus diálogos entre Critias y Timeo, nos describe una ciudad ideal: La Atlántida. Mito o realidad, es el reflejo de la ciudad estado perfecta, un paraíso terrestre que al final se ve consumido por disminución del principio divino de sus habitantes y por un dominio del carácter humano que los llena de avidez injusta y de una ansia de poder sin límites.

La torre de Babel en Metropolis (Fritz Lang, 1927)

Quizás si lo hacemos un poco más alto… Metropolis (Fritz Lang, 1927)

Asimismo, La Biblia nos ofrece un sinfín de relatos donde la ciudad aparece como protagonista central, pero uno de los más significativos es el de “La Torre de Babel”:

«Era entonces toda la tierra una lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que, cuando partieron de oriente, hallaron una vega en la tierra de Sinar, y se asentaron allí. Y dijeron los unos a los otros: Dad acá, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les fue el ladrillo en lugar de piedra, y el betún en lugar de mezcla. Y dijeron: Dad acá, edifiquémonos ciudad, y torre, que tenga la cabeza en el cielo; y hagámonos nombrados, por ventura nos esparciremos sobre la faz de toda la tierra. Y descendió el SEÑOR para ver la ciudad y la torre, que edificaban los hijos del hombre. Y dijo el SEÑOR: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un lenguaje; y ahora comienzan a hacer, y ahora no dejarán de efectuar todo lo que han pensando hacer. Ahora pues, descendamos, y mezclemos allí sus lenguas, que ninguno entienda la lengua de su compañero. Así los esparció el SEÑOR de allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí mezcló el SEÑOR el lenguaje de toda la tierra, y de allí los esparció sobre la faz de toda la tierra.» (Génesis Cap. 11)

La ciudad mítica de Babilonia se convierte en portadora de significado, de la misma forma en que el pensamiento mítico nos revela valiosos sentidos vitales, comprobando que su función sigue tan vigente en el antes y el después del pensamiento racionalista. Porque como afirma Paul Ricoeur, es en los mitos donde se generaliza la experiencia humana hasta un modelo universal y es por medio de este modelo que podemos comprender nuestro destino.

Por esto, las ciudades míticas reflejan no sólo un pasado lejano, sino el deseo de realización y la culminación en la ciudad perfecta. Si la ciudad mítica es significado y evocación de sentido, será también paradigma de unión, cohesión y legitimación o –en su fracaso- de pérdida del sentido social e individual.

Así lo expresa Joan-Carles Melich en su estudio Antropología simbólica y acción educativa:

«Los “horizontes de sentido” son míticos. El mito es el discurso último en el que se constituye la tensión antagonista, fundamental para cualquier otro discurso, es decir para cualquier “desarrollo del sentido”. Cada sociedad humana sobrevive porque se mantiene unida alrededor de un mito, de un “arquetipo central” que actúa de capullo de mariposa uniéndola y protegiéndola de los procesos de disgregación, entropía y muerte cultural.»

El nacimiento de la Modernidad, que podemos ubicar en el Renacimiento, también construye en su imaginario la ciudad ideal, ésta será paradigma de la ciudad gobernada por la razón, la justicia y la virtud. El pensamiento moderno (guiado, aunque muchas veces ciego, por la paradójica “fe absoluta” en la razón) describe una ciudad que refleje el anhelado mundo divino en la tierra. Si bien, un modelo de esta ciudad nos lo brinda también el mismo Platón en su obra La República, la idea más difundida será la célebre: Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía, o simplemente Utopía de Tomás Moro.

La isla de Utopía, cartografía del flamenco Abraham Ortelius

La isla de Utopía, cartografía del flamenco Abraham Ortelius

Moro describe una sociedad idealizada contrastante a la sociedad de su tiempo. Aunque muchos observan que estos modelos tienen como motivo hacer una crítica a los sistemas políticos y sociales de su época y no la descripción ingenua de un mundo perfecto; la ciudad moderna, que nace al amparo de las ideas iluministas, busca consolidar el ideal ilustrado que se finca en los pilares de igualdad, fraternidad, justicia y racionalidad. De este modo, la ciudad moderna será el templo de la razón donde la humanidad culmine y logre el sueño siempre deseado de la ciudad perfecta.

La idea del fracaso del proyecto ilustrado, la idea del fin del proyecto de la Modernidad, es una idea ya bastante discutida, pero no por eso ha de perder su vital importancia para el desarrollo de las sociedades contemporáneas. El pensamiento posmoderno ha sentado las bases que permiten a las distintas disciplinas del conocimiento humano realizar una crítica cultural; para buscar en conjunto las alternativas a este momento axial que requiere no uno, sino múltiples replanteamientos y valoraciones.

Al lado de la Utopía moderna, se construye su antagonista: la Distopía posmoderna. En la primera se habita un mundo donde la razón permite que la justicia y la equidad sean un bien de todos los ciudadanos, donde los problemas sociales han desaparecido para que la sociedad sea guiada por el equilibrio y el bienestar común. En su antítesis, la ciudad distópica, el totalitarismo será la forma de dominio que -bajo una apariencia de armonía y paz- a través de la tecnología, a la par de la sugestión discursiva se erradique la libertad, la justicia, pero (sobre todo) la individualidad.

Obras como 1984 de George Orwell, Un Mundo Feliz de Aldous Huxley o Farenheit 451 de Ray Bradbury o ejemplos posteriores como la célebre trilogía Matrix de los hermanos Wachowski, V de Vendetta de Alan Moore o el filme Equilibrium de Kurt Wimmer (por citar sólo algunos de un sinnúmero de ejemplos) son paradigmas literarios o cinematográficos que a través de la ciencia ficción reflexionan sobre estas sociedades desarmonizadoras.

Plantear la antítesis Utopía-Distopía, significa develar que la ciudad moderna se proyecta hacia dos paralelos: la armonía y el desequilibrio; paralelos, también, de la visión mítica y la búsqueda desmitificante de la razón, porque como lo plantearán Teodoro Adorno y Max Horkheimer en su obra La Dialéctica de la Ilustración:

«Los hombres se encuentran en un proceso universal y constante de Ilustración y desmitificación. Una búsqueda constante de cambiar y salir de los orígenes, pero -a la vez- nunca han podido liberarse de la repetición y del eterno retorno a los orígenes. Esto quiere decir, que el mundo moderno: tecnificado y globalizado se encuentra bajo el dominio de la ciencia y la razón sólo en apariencia, ya que esta constante de Mito-Ilustración sigue presente en nuestras sociedades contemporáneas.»

La ciudad actual, cualquiera de ellas, se ha construido, destruido o reconstruido. Múltiples han sido sus cambios lo que significa que la ciudad se ha ido construyendo y reconstruyendo encima o a costa de la misma ciudad; pero ante este acto destructivo, la ciudad sobrevive en la memoria de los que la habitan, de los que la han hecho casa y hogar, de todos los que la hablan y a los que ella les habla. Puede ser que la ciudad mítica, la medieval, la barroca o la romántica sucumban ante la ciudad moderna, pero cada estrato de esa ciudad entablará un sempiterno diálogo con sus habitantes y sus pasajeros.

En este diálogo se establecerán los lenguajes propios de la búsqueda estética y a través de sus espacios, de sus sonidos, de su mirada o en su temporalidad y en sus palabras; la arquitectura, el arte pictórico, la danza, el cine, la literatura, la escultura o la música dotarán de significado a lo que parecía no tenerlo.

Esta polifonía de elementos que hablan de la ciudad se caracteriza porque en todos ellos la ciudad se posiciona como el encuentro de múltiples posibilidades, porque la ciudad es o puede ser el sueño tranquilo o la pesadilla abominable. Al momento de escribir estas líneas, urbes de todo el mundo respiran, pero algunas de ellas –quizá una mayoría- se asfixian en su desaliento, en su estupor o en el disimulo de lo atroz. Muchas de ellas se encuentran entre guerras descaradas y algunas subterráneas, pero no menos terribles que cualquier otra guerra.

Para concluir, tal vez este asfixio y esta construcción estética de la ciudad moderna no pueda describirse mejor que como lo hizo el gran Federico García Lorca en Poeta en Nueva York, testimonio irrefutable de la fantasmagoría que “El viajero” puede encontrar muchas veces la ciudad y que nos reafirma la dualidad constante de ensueño y pesadilla de nuestro mundo actual.

LA AURORA

La aurora de Nueva York tiene

cuatro columnas de cieno

y un huracán de negras palomas

que chapotean las aguas podridas.

 

La aurora de Nueva York gime

por las inmensas escaleras

buscando entre las aristas

nardos de angustia dibujada.

 

La aurora llega y nadie la recibe en su boca

porque allí no hay mañana ni esperanza posible.

A veces las monedas en enjambres furiosos

taladran y devoran abandonados niños.

 

Los primeros que salen comprenden con sus huesos

que no habrá paraíso ni amores deshojados;

saben que van al cieno de números y leyes,

a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

 

La luz es sepultada por cadenas y ruidos

en impúdico reto de ciencia sin raíces.

Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes

como recién salidas de un naufragio de sangre.

 

Google atribuye la imagen de portada a Premysel Koblic, circa 1930

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