Coca-Cola y la economía de la avaricia

No hace falta realizar esfuerzo alguno para comprarse una. Está en todas partes. Es más, vaya a donde vaya se dará cuenta de que la marca llegó allí hace años. Podrá encontrarla en cualquier parte, probablemente en su propia nevera, ya que se ha convertido en un producto tan común que muchas familias lo han incluido en su cesta de la compra. Un supermercado, un quiosco, una máquina expendedora…

Y entre los montones de latas de la misma marca que llegan cada día a infinidad de establecimientos podrá encontrar, incluso, una con su nombre. Una iniciativa de marketing impulsada por una gran campaña de publicidad que habrá costado un buen pellizco a la compañía. Las plantas de la embotelladora de Coca-Cola en España (Iberian Partners, que también opera en Portugal y Andorra) han decidido estos días personalizar también, con nombre y apellidos, las cartas de despido que recibirán 750 de sus trabajadores (350 de ellos serán prejubilados). Otros 500 serán recolocados, una vez se cierren las plantas de Fuenlabrada (Madrid), Colloto (Asturias), Alicante y Palma de Mallorca, en el resto de plantas españolas.

A los afectados, el último eslogan que la empresa de refrescos ha colocado en todas partes, “repartiendo felicidad”, estará muy lejos de parecerles una idea brillante, la de no vender un producto sino las emociones que este aporta al comprador. Una broma de mal gusto. Más aún si se tiene en cuenta que quien ha puesto los despidos sobre la mesa es la primera industria agroalimentaria de España con una facturación neta que ronda los 3.000 millones de euros, que se dice pronto.

Acceso Begano Cocacola A Coruña

Planta de Cocaola en Begano, A Coruña, que seguirá abierta.

Pero el dinero no tiene nada que ver. Esa no es la razón que ha esgrimido la dirección para meter en el departamento de recursos humanos la bola de demolición que ya ha comenzado a golpear a cientos de familias. Son causas organizativas y administrativas. Coca-Cola Iberian Partners es una embotelladora joven y desprendida, que se arranca todo lo que le impide broncearse aún más la piel al calor que emite el dinero.

Nació el pasado 17 de febrero, hace apenas un año, de la integración Casbega, Colebega, Cobega, Rendelsur, Begano, Norbega y Asturbega, embotelladoras que suman once plantas y con más de medio siglo de historia. Cuatro a punto de bajar la persiana metálica. Una empresa gigante que concentra la producción de siete grandes y que ya no necesita, por ejemplo, siete departamentos comerciales para continuar vendiendo lo mismo. El embotellador único que comercializa, además de Coca-Cola, otros 69 productos (Fanta, Sprite, Powerade y Minute Maid, entre otros) que adquieren con regularidad 400.000 clientes en España. El segundo mercado por volumen de ventas de la multinacional en toda Europa tras Alemania.

El dinero seguirá entrando en las arcas de la compañía de refrescos y, tras los despidos, cada trabajador será más productivo. Los números quedarán redondos, con una productividad muy alta por cada par de manos. Mucho más aún si la economía termina por salir del pozo y repunta el consumo, que tiene en bares, cafeterías y otros locales de ocio como pubs y discotecas un indicador muy fiable.

Los accionistas, a seguir frotándose las manos. Los despedidos, a sacarlas unos bolsillos en los que ya no entrará otra nómina con el logo de Coca-Cola y a echarse a la calle contra una medida que arroja a sus familias a la incertidumbre. Una decisión, por cierto, amparada por la reforma laboral de Mariano Rajoy, que permite plantear despidos colectivos tras tres trimestres de descensos en las ventas. Sin importar que los beneficios sigan siendo multimillonarios o que durante décadas se hayan encadenado cifras espectaculares.

Es la economía de la avaricia y del desprecio. De los números y no de las personas. De anteponer la obscena intención de aumentar la facturación neta de 3.000 millones al esfuerzo de quienes a lo largo de más de 50 años han sostenido los elevados beneficios de la empresa. De patear las espaldas en las que se ha apoyado el negocio para escalar a la cima de la industria agroalimentaria española.

“Repartir [una pizca más de] felicidad” entre las altas esferas de Coca-Cola Iberian Partners a costa de traspasar a unos cuantos nombres de su lista de trabajadores a la del paro. Más familias a la calle, más dinero en caja. Números que bajan para que otros números suban. Una lógica egoísta e injusta con varios miles de millones y 750 trabajadores de testigos directos.

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