La música del diablo I: El despertar del rock

Bill Gothard, pastor norteamericano conocido por sus tendencias conservadoras, aseguraba que el ritmo de la música rock inducía directamente al pecado (condenando así el subgénero del rock cristiano, que empezaba a consolidarse fuertemente en los años 80). Su caso no resulta sin embargo aislado, los intentos por demonizar al rock han sido más que habituales, sobre hasta los años 90 y en el contexto anglosajón. Parece que si el mismo Satanás tuviera que escoger un género musical, este tendría que ser necesariamente el rock o el heavy metal (y todas sus exhaustivas variantes). Pero lo cierto es que, desde hace varias décadas, un gran número de bandas se han recreado en las referencias diabólicas y ocultistas, contribuyendo así a a la consolidación de un imaginario que vincula directamente este tipo de música con el morbo de lo siniestro.

The Number of the Beast de los Iron Maiden, la figura de Anticristo Superstar de Marilyn Manson o los pentagramas y las cruces invertidas de Slayer son sólo algunos de los muchos ejemplos de la utilización de imaginería satánica o claramente anticristiana por parte de grupos de rock, sobre todo los más afines al metal. ¿Una forma de provocación? ¿Una exitosa estrategia de marketing? En la mayor parte de los casos los músicos niegan una relación real con ideología satánica o su culto (es difícil contener la risa al imaginarse a Angus Young, guitarrista de AC/DC, oficiando una misa negra, por mucho que en sus conciertos el grupo suela golpear su enorme campana del infierno al son de Hells Bells). Pero tampoco podemos olvidar ejemplos puntuales, con consecuencias bastante impactantes, como el movimiento de black metal noruego de principios de los 90, en el que bandas como Mayhem o Burzum mezclaban referencias al satanismo o a la mitología nórdica mientras se involucraban en asesinatos o en la quema de iglesias. Desde la mera parafernalia a la verdadera obsesión, lo cierto es que la relación del rock con el satanismo, el ocultismo o incluso el paganismo viene de lejos y se proyecta hasta nuestros días.

Foto 1Portada de un disco de Burzum en la que aparecen las ruinas de la histórica iglesia de Fantoft (siglo XII) después de su quema el 6 de junio de 1992.

Según cuenta la leyenda Robert Johnson (uno de los grandes del blues del Delta y considerado el abuelo del rock and roll por su influencia en muchas de las grandes figuras del género, como Eric Clapton o Jimi Hendrix, entre otros) vendió su alma al diablo a cambio de sus excelentes capacidades musicales. ¿Quizás con este mito fáustico se fundó el rock? La verdad es que, aparte del popular Johnson, clásicos bluesmen desde Charley Patton a Peetie Wheatstraw incluían la enigmática imagen del diablo en sus canciones. Pero más allá de la visión cristiana, sin duda presente en las mentes de estos músicos, algunos han especulado sobre si la herencia religiosa africana que trajeron los esclavos negros a América (sobre todo la mitología yoruba) pudiera haber tenido un papel bastante relevante en los primeros blues, y la figura del diablo podría haberse solapado entonces con otras deidades, como el orisha Eleguá, mensajero y señor de los caminos. Aparte, y para mayor vinculación con lo maligno, el blues solía hacer incapié en el intervalo de tritono o cuarta aumentada, que fue llamado en el medioevo diabulus in musica, donde se evitaba su uso pues se consideraba disonante y en clara relación con el demonio (¿estarían también embrujadas sus guitarras?). Más allá de estas referencias, lo cierto es que el blues era el género maldito de la comunidad afroamericana, asociado al alcohol, la lujuria y el pecado en general, en contraposición a la búsqueda por la elevación divina del gospel y los espirituales. En un camino aparentemente sin retorno, los músicos tenían que decidir si estaban de lado de Dios o en su contra, aunque algunos bluesmen también entonaran cánticos a la fe, entre ellos Reverend Gary Davis o Skip James. Posteriormente visionarios como el ciego Ray Charles quisieron romper la ortodoxa línea que separaba las melodías sagradas de los pecaminosos acordes del blues y la música de baile.

Curiosa animación de Ineke Goes sobre el tema Me and the Devil Blues de Robert Johnson

Sin embargo, dejando a un lado el evidente malditismo del blues dentro de la cultura afroamericana, la demonización de ciertas músicas en Estados Unidos se teñía en muchas ocasiones de racismo, alimentado por el éxito de los ritmos cada vez más frenéticos del rhythm and blues y después el rock and roll, con los que la música negra estaba infectando las delicadas e inocentes almas de los jóvenes blancos americanos (o eso dirían los representantes de la moral WASP -White, AngloSaxon, Protestant-), cansados ya del excesivo refinamiento que había adquirido el jazz, que ya no servía para la pista de baile. Los nuevos estandartes (tanto blancos como negros) del sensual rock and roll, como Chuck Berry, Little Richard, Elvis Presley o Jerry Lee Lewis, fueron acusados por los grupos cristianos conservadores de E.E.U.U. de pervertir la moral pública e inducir a comportamientos muy alejados de las directrices del evangelio. “La música del diablo” llamaban el Ku Klux Klan y sus acólitos a todo sonido que proviniera en cualquier grado del continente africano.

Y también fue el mismo Ku Klux Klan el que le declaró abiertamente la guerra a The Beatles, llegando a boicotear sus conciertos y promoviendo la quema pública de sus discos, por las famosas declaraciones de John Lennon en las que aseguraba que su grupo era más famoso que Jesús y que el cristianismo estaba condenado a una reciente extinción (unas declaraciones que en Inglaterra fueron pasadas por alto pero que al llegar a Estados Unidos alimentaron un reguero de movilizaciones contra los de Liverpool, y por extensión contra el rock en general). Y es que esta nueva música conformaba un fenómeno de masas sin precedentes, que en su poder de influencia sobre la juventud llegaba a equipararse al todopoderoso cine. Padres alarmados veían como sus hijos tomaban como modelo el libertinaje de estos músicos melenudos (cuando tener melena significaba llevar el pelo cinco centímetros más largo de la habitual), que sus hijas adoraban a su vez como a verdaderos ídolos. Ídolos, digo, ya que la histeria del fenómeno fan tenía claros componentes afines a lo religioso. Aún así, parece muy poco probable que los músicos y artistas acusados de corromper los principios cristianos de la sociedad quisieran algo más que pasarlo bien y hacer vibrar al público con sus canciones (aunque eso de entrada se pudiera considerar ciertamente perverso). Elvis quería mover sus caderas, y si podía ganar enormes sumas de dinero en el intento, mejor que mejor, pero nada más lejos que celebrar misas negras o hablar con lo espíritus.

foto 2Carteles y recortes de prensa que recogen la oleada de indignación en Estados Unidos tras las declaraciones de John Lennon

Pero todo esto cambió, en cierto modo, hacia mediados de la década de los 60. El rock se encontraba en una fase de maduración sin retorno aparente, buscando los lazos que le unian tanto a las raíces del mismo blues como a la música experimental de vanguardia. Los músicos ya no se contentaban con ser ídolos para las adolescentes ni con que sus canciones fueran un mero telón de fondo para las pistas de baile. Tenían mayores pretensiones artísticas, y reinvidicaban que su práctica podía ser algo más que entretenimiento para las masas (como de alguna manera ya les había pasado a muchos músicos de jazz). Aparte de ciertos cambios en las tendencias musicales, aunque sin duda con relación directa a esto, se cuenta que una joven generación que se veía a sí misma oprimida por los convencionalismos sociales intentaba darle la vuelta a la tortilla, generar un cambio en el encasillado mundo del capitalismo occidental. Revolución sexual, búsqueda de espiritualidades alternativas, generalización del consumo de drogas… Prendía la chispa (y los empresarios de las discográficas consiguieron por primera vez convertir el fenómeno de la llamada contracultura, antes confinada al submundo de la bohemia y el underground, en algo altamente rentable). Se trata del viejo y discutido mito rupturista de los 60, más o menos significativo, más o menos efectivo, pero lo cierto es que en este ambiente de cambio el rock era más que música, y prometía el amor, la libertad, la insurreción, la paz, la era de Acuario (y un montón de cosas más) para un público cada vez más numeroso. “Debemos ver a la música Rock’n Roll como siendo, al mismo tiempo, un síntoma y un factor generador de esta revolución de los jóvenes de hoy” decía el compositor y director Leonard Bernstein, y quizás no le faltaba razón.

Y en esa “revolución de los jóvenes” cada vez parecía más significativo el elemento espiritual, entendido de un modo bien diferente a los cánones tradicionales del protestantismo imperante en el mundo anglosajón. Para bien o para mal, se popularizaron progresivamente las lecturas de manos, las referencias al horóscopo, el uso del tarot… (al final parecía que los puritanos norteamericanos iban a tener razón y todo). Y los rockeros, antaño imbuidos en la violencia rebelde y el cuero de James Dean, Marlon Brando o el desencanto obrero de los Angry Young Men, se volvían místicos, y miraban a la India, la cultura nativa americana o el pasado pagano en busca de respuestas. Había de todo: Pete Townshed, de los Who, se acercaba a las enseñanzas del Meher Baba, gurú que aseguraba ser la encarnación de dios en la Tierra (canciones emblemáticas como Baba O’Riley o la ópera-rock de Tommy se inspiraron fuertemente en su figura), y los Beatles, gracias sobre todo al interés de George Harrison, acompañaron al Maharishi Mahesh Yogui en un frustrante viaje al subcontinente indio. Otros emprendían aventuras más siniestras, como Jim Morrison, el rey lagarto, legendario cantante de The Doors, que aseguraba que los espítitus de unos nativos americanos que presenció muertos en la carretera de un desierto de Nuevo México cuando sólo era un niño habían entrado en de su cuerpo y le acompañaban desde entonces. Siempre intentando abrir las puertas de la percepción, Morrison a menudo utilizaba danzas y técnicas chamánicas en sus actuaciones, que a veces parecían concebidas a modo de ritual. En 1970 se casó con Patricia Kennealy, escritora y crítica de rock, en una ceremonia neopagana, que algunos aseguran que estaba relacionada con la Wicca, una forma de religión artificial popularizada por Gerald Gardner en los años 50 que retomaba conceptos del pasado pagano de Inglaterra y la brujería en su sentido más amplio.

Aparte de Morrison y sus escarceos con los espíritus, otros mostraban el lado oscuro de la máxima hippie All you need is Love; como Arthur Brown, uno de los padres más olvidados del shock rock, que se reía de la pasividad del flower power y se autoproclamaba el God of Hellfire (Dios del fuego del infierno) en sus conciertos, buscando la purificación a través de la hoguera. Recordando ese periodo, confesaba que había llegado a creerse una especie de profeta ígneo durante algún tiempo, más allá del supuesto personaje que interpretaba en el escenario (parece que el LSD jugó un importante papel en todo esto). Y Charles Manson, el cerebro de “La familia”, la organización-comuna de finales de los 60 que cometió diversos crímenes entre los que se encontraba el famoso asesinato de Sharon Tate, esposa de Roman Polanski, creía en el advenimento del apocalipsis racial, en el que la comunidad negra se rebelaría y tomaría el control de la sociedad. Manson, que también tuvo una faceta musical (de hecho bandas como Guns N’ Roses han hecho versiones de sus canciones), aseguraba que los Beatles habían profetizado estos inminentes sucesos en composiciones como Blackbird o Helter Skelter. ¿Hasta que punto la cosa iba en serio? Quizás ni ellos mismos lo sabían, pero ciertamente este “despertar espiritual” tomaba múltiples formas, y la música rock estaba en el mísmísimo centro de la tormenta.

foto 3Arthur Brown, God of HellFire

Y dentro de este ecléctico influjo de gurús indios, satanismo, budismo, Nueva Era, etc. que parecía inundar las mentes de la joven generación de los 60, se tomó a Aleister Crowley (1875-1947), apodado “La gran Bestia 666” o “El hombre más malvado del mundo”, como uno de los patrones de la renovada búsqueda espiritual de la contracultura. Polemista nato, Crowley fue miembro de a una de las asociaciones místicas y ocultistas más importantes de el primer cuarto del siglo XX, la Orden Hermética del Alba Dorada (Hermetic Orden of Golden Dawn), a la que pertenecieron importantes intelectuales, entre ellos Arthur Machen, Bram Stoker o W. B. Yeats; para después crear una filosofía religiosa independiente, conocida como Thelema, que contenía estos preceptos fundamentales: “Do what thou wilt shall be the whole of the law” (Haz tu voluntad será toda la ley) y “Love is the law. Love under true will” (El amor es la ley. El amor bajo la voluntad verdadera).

Mucho se ha discutido sobre la importancia de Crowley dentro de ese “despertar” de los años 60, sobre todo en relación con los músicos de rock, que parecían tener una afinidad especial con el ocultista inglés. Gran parte de las acusaciones de relación directa con el satanismo de grupos de la talla de los Beatles, los Rolling Stones, Led Zeppelin o David Bowie pasan por la asociación de estos artistas con Crowley. Su cabeza aparece en el gran panteón de iconos pop que fue la portada del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles, donde también se encontraban Marlene Dietrich, Karl Marx, Oscar Wilde o Karlheinz Stockhausen (otros como Gandhi, Adolf Hitler o Jesucristo no pudieron ser incluidos por decisión de la discográfica). También podemos ver como The Doors posaban junto a un busto con su imagen en la contraportada del disco recopilatorio 13 (un número con fuertes connotaciones simbólicas). Las referencias al magus se encuentran por doquier en letras de canciones, portadas de discos… Y es que más allá de las teorías paranoicas y conspiratorias de algunos grupos cristianos alarmistas, lo cierto es que Aleister Crowley fue más que una referencia para muchos músicos de rock desde los años 60. Pero, ¿por qué? ¿Qué es lo que veían en él?

Pincha aquí para ver la segunda parte

foto 4Aleister Crowley en la portada del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles

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2 Respuestas a “La música del diablo I: El despertar del rock

  1. Pingback: Aleister Crowley, Boleskine house, las drogas y su influencia en generaciones de musicos desde los 60. | Clever Cat and Wise Owl·

  2. Fascinante todo lo que es del diablo es excelente por eso me gustan tanto estos géneros ya que hoy soy un seguidor de satán y enemigo del cristianismo ahora entiendo porque desde niño me cautivaban las notas del blues y el rock and roll al punto de hacer que me volviera musico pues soñaba con tocar como ellos ya veo que todo tiene su explicación y ese era mi destino VIVA SATAN

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