“Walka”, de Vladimir Guerrero

Horror. (Del lat. horror, -ōris).

     1. m. Sentimiento intenso causado por algo terrible y espantoso.

     3. m. Atrocidad, monstruosidad, enormidad. U. m. en pl.

Aburrimiento. (Lat. ab-horrere = tener horror).

 

     Eso de Borges y los otros yo no lo sé. Algunos han dicho que lo del suizo –o argentino– era una Neurosis Creativa; otros la han llamado Locura Bipolar Expresiva. También decían que el mismo Borges, en sus espejos –los de sus libros y los de su casa–, encontraba la magia para poder hablar con su otro, a veces más viejo, a veces más joven, así como en esa novela de Fuentes, la de la vieja y de la jovencita.

     Pero lo que yo sí sé de los otros es lo que vi con mis propios ojos en Walka, Polonia. Aquello fue más sorprendente que el viejo Borges hablando con el joven Borges en una banca de Ginebra o de Cambridge –ya no recuerdo–. Lo que yo sentí en Walka –en Polonia, en ese frío tan frío–, es casi indescriptible, como lo de Borges viajando hacia un futuro de Borges (alargados, grises y distópicos…).

     Por ejemplo, yo puedo sentirme seguro cuando entiendo que lo de Borges es un tópico literario; a él le gustaba escribir de laberintos, de bibliotecas, del Quijote y de otras cosas… ¡Ah, y de los otros Borges! También creo que de tortugas, tigres y hasta detectives, pero cuando me acuerdo de lo de Walka comienzo a temblar desde lo más profundo de mis huesos; eso de la montaña, tan alta, alta tanto, alta tan alto.

     Esto de los viajes comenzó ya en una edad adulta de mi vida, pues el venir de una familia de clase media y nuestros pocos recursos económicos nos impidieron –a mis padres y hermanos– vacacionar para salir a conocer otros lugares. Quiero decir que mi infancia y juventud se vio definida por un espacio urbano: calles, parques, callejones, campos de fútbol, granjas en los suburbios y lagos artificiales. Así creo que comenzó mi anhelo de viajar por el mundo.

     Primero fueron los viajes de un turista tradicional, ya saben, parques temáticos y parques naturales: Disney, Universal, Mundo Surreal, Yellowstone, El Gran Cañón, Machu Pichu, etc; siempre en compañía de mi esposa y de mis tres hijos. Preparar el viaje y nuestros itinerarios, imaginarnos en esos lugares, vernos caminar por cada espacio de las fotos revisadas en Internet, eran ejercicios que nos hacían muy felices. Puedo decir que viajar se volvió algo necesario para nosotros como familia: en los ojos de mi esposa, de mis dos hijos y de mi hija se mostraba el brillo de la infinitud.

     Pero viajar como Borges, por laberintos, por ruinas como las de Stonehenge, por bibliotecas infinitas, por llanuras hipermodernas e hiperfuturas o por tanto libro revolucionado podría parecer suficiente para que nada me asombrara tanto como me pasó aquella tarde–noche en Walka, allá en Polonia, donde dejé todos mis viajes (y no sé qué más) para regresar y jamás volver a partir.

     Lo seres humanos –o acaso los nuevos seres humanos– nacemos ansiando. Se trata de eso mismo que Baudelaire llamó el ansia de infinitud. Por eso no es raro que el “Spleen” nos invada en París, Sidney, Buenos Aires, Madagascar, Jiménez o Chihuahua. Todos nacemos aburridos, cansados y hastiados de nosotros mismos, de todos, de los demás. Buscamos deshacernos del tedio en nuestros paraísos artificiales.

     Mi paraíso artificial (y el de mi familia) eran los viajes, pero los viajes familiares comenzaron a cansarnos a todos –ya no eran placenteros ni brillantes–, los viajes en familia se volvieron pleitos, insultos y hasta empujones.

     Así como la ceguera en Borges, el hastío llegó y borró la ilusión del viaje familiar, pues las voluntades colectivas se volvieron autónomas y –verdaderamente– individualistas. Mi esposa decidió no salir jamás con ninguno de nosotros y prefería organizar sus viajes en cruceros exclusivos para mujeres. A mí no me importa lo que hiciera, pero algunas veces creo imaginármelo. A mis hijos les sucedió lo mismo, cada uno se volvió viajero a su manera: Katmandú, Japón, Bolivia, Turquía, Afganistán, Cocaína, Hachís, Heroína y no sé qué cosas más he pensado.

     Por mi parte decidí hacer mi primer viaje en solitario a un sitio verdaderamente único, algo que superara los viajes que los otros cuatro pudieran realizar. Pero eso no iba a ser tan simple; cualquier viaje tradicional no es más que lo mismo: visitas guiadas, fotos del recuerdo, comidas locales o hamburguesas en McDonald’s, vendedores como hormigas, suvenires hechos en China, horas de entrada y de salida. La nostalgia de la leve estadía y la triste sensación del abandono próximo que abruma con la partida que nos divide en fragmentos de nosotros mismos.

     Mientras buscaba hasta dormirme en la nube digital, ya somnoliento, cansado –muy cansado– de teclear y teclear a medianoche, mi computadora –casi inteligentemente– me mostró la imagen de una montaña casi fantasmal. Pensé que sería un sitio más de algún lugar de Nepal o del Himalaya. ¡No era así! La palabra Walka era el único hipertexto que acompañaba la imagen espectral, casi surreal pero mística, muy mística, de esa singular montaña.

     El hipertexto me trasladaba al número telefónico de una agencia internacional que entre sus miles de destinos incluía este viaje a la montaña de Walka, en Polonia, y del que nadie sabía un verdadero detalle, ni itinerarios, ni guías, ni nada. Eso fue –sin duda- lo que me atrajo del paseo: nada de turistas, nada de fotos, ningún foro en el que se comentara de este lugar, nada de nada de Walka, Polonia. Pareciera que a nadie le interesaba este lejano y frío lugar.

     Ya en Polonia y previo a mi partida pude disfrutar de dos fabulosos días en la ciudad de las sirenas: Varsovia. Siempre quise hacer una escala en esta bella ciudad y aquel era el momento. Disfruté de sus hermosos espacios verdes: parques, jardines y palacios reales esplendorosos. Dentro del Parque Lazienki perdí –por preciosos instantes– mi hastío en el azul profundo de los ojos de sus pavorreales, me vi detenido en sus infinitos circulares de verde marino.

     En la mañana de la partida, un pequeño –muy común– autobús de turistas me recogió a la entrada del hotel y se internó en las congestionadas calles de la Gran Sirena para llevarme como marino en tierra al extraño mar que me esperaba. Todo parecía normal excepto que la gran mayoría de los ocupantes eran solteros –como yo– aunque de diferentes edades.

     Conforme fue transcurriendo el camino, las tres o cuatro parejas que viajaban fueron bajando del autobús: una en Lotz, otra en Poznan y las últimas dos en Gorzow. Nuestro viaje continuaba hasta Bielawi, una pequeña ciudad de la región de Pila donde el autobús nos dejaría para después –tanto yo como el resto de los ocupantes (unos 25 entre hombres y mujeres)– continuar hacia la misteriosa Walka, guiados única y exclusivamente por unos viejos letreros que nos iban internando más y más en un valle rodeado de montañas.

     Conforme avanzábamos –unos cinco kilómetros– poco fue lo que pudimos conversar; hablamos de nuestros lugares de origen, de lo bonito de Varsovia, disfrutamos del bello valle que estábamos atravesando; pero poco o nada dijimos de nuestro destino, de lo que nos había traído hasta este interesante pero muy extraño paseo.

     Al terminar el sendero que nos guiaba, el horizonte se abría en un enorme bostezo cuyo interior mostraba – enorme úvula invertida– la montaña de Walka. Estaba ahí, la misma imagen de Internet, misteriosa y expectante. Había comenzado a caer la tarde y parecía que el día se nos terminaba. Apresuramos el paso, como si algo superior nos motivara a hacerlo.

     Llegamos al pie de la montaña, donde una plataforma de acero gris y herrumbroso servía de elevador hacia lo que parecía el alto pico de Walka. La plataforma era enorme, por lo que con facilidad cupimos todos los del grupo. Algo automático encendió la plataforma e iniciamos el ascenso. Las ciclópeas paredes de la montaña eran interrumpidas por enormes riscos, donde las venas de un profundo grafito aparentaban ser las alas de un ave colosal.

     Al finalizar nuestra dilatada subida, por increíble que parezca, el pico de esta gigantesca ave de piedra se ofrecía en una extensa meseta, perfectamente plana y alisada.

   Descendimos, y era maravilloso, por momentos encantador, casi una iluminación espiritual. Esta Babel misteriosa estaba llena de individuos multiplicados, gemelos y alter egos idénticos, especulares. Decenas y decenas de humanos iguales unos a los otros.

     Por un momento nadie parecía creérselo y parecían fingir ante sí mismos y los otros que no se reconocían; pero después se hizo inevitable. Como magnetos, cuales con cuales se atraían hacia el espacio central de la enorme meseta e iniciaban el ritual del encuentro.

     En parejas, en trinidades, en grupos de a cuatro y hasta de seis, se reunían frente a frente formando pequeñas islas humanas en ese océano telúrico. Algunos –con parsimonia– se daban las manos entre sí, otros –casi con abyección– apenas se miraban, otros se abrazaban en cadena, en nudo o lo que fuere, pero al unísono se unían entre sí, enfervorecidos. Los más se miraban y miraban, su rostro se inclinaba de un lado hacia el otro intentando comprender algo de ese extraño prisma del que ellos, sin lugar a dudas, conformaban una de las caras.

    En ese macabro íncipit del tiempo, fueron pasando los segundos, los minutos –si acaso las horas–; todo en Walka se volvió espectral. El rictus de los otros –de todos esos otros– sería indescriptible, pero secreteaba una angustia infernal. El ambiente era extraño y la pureza de la montaña parecía morir en un aire plomizo. Yo llegué a escuchar, a sentir, a olfatear, a ver y a pensar el deseo de cada uno de ellos; todos pensaban en morir y nada más que en morir.

     El miedo se apoderó de mí y ya no quise saber nada. En mi descenso creo haber visto cuerpos saltar y caer por el enorme precipicio. No mentiré, otros regresaban como yo, llenos de espanto y de temor; pero de lo que no tengo duda es de que todos llevaban su muerte bien pegada a las espaldas.

     ¡Ahora lo sé! ¡Ya sé por qué nadie habla sobre Walka! ¡Walka no es un destino, es un final! ¡Es un llamado que nadie quiere oír! ¡Ahí, en Walka, no se entra, se termina! Es por eso que fui y por eso mismo dudo que volviese. Yo no me vi jamás en Walka, pero sé que mis otros siguen estando allí, esperándome para la muerte; aunque ahora mismo no sepa decir si ya han llegado aquí o están aún en la montaña.

Fotografía de portada por Fernando Gimeno

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