La tropa búlgara

La ahumada masa gritaba. Unas camisetas de color negro y azul cubrían sus bocas, asomando por debajo tatuajes neonazis y de poder skinhead. Era sábado 30 de Abril , y los dos equipos de fútbol más grandes de Bulgaria estaban en el campo, listos para empezar. Los futbolistas esperaban. Las gradas del Estadio Nacional de Sofia se cubrían de gente.

Una nube de confeti reciclado y globos de plástico, volaba en dirección al campo. El partido debía haber comenzado porque un tipo musculoso, cabeza rapada, giró su cara hacia la grada sur con un micrófono en la mano y gritó, pero la tropa no pudo seguirle. Unos 10.000 fans del club Levski apenas podían respirar a través del humo azul de sus propias bengalas y apenas podían ver con tanto globo.

El estadio Nacional de Sofia, desde mi móvil.

Blagoevgrad es una ciudad al suroeste de Bulgaria que se levanta en el valle formado por la cordillera del Pirin y los montes de Rila. Capital de su provincia y con 70.000 habitantes, unos 100 militan en el Sector B, el ala mas extrema de los fans del PFC Levski Sofia club de fútbol.

Cada día pisan las calles del valle Estrimón y entre las idílicas montañas duermen en los rectángulos de pisos soviéticos que hay en el centro. Pero los fines de semana los pasan en Sofia. El graderío sur del Estadio Georgi Asparuhov, es la casa de los hooligans azules, el Sector B, respetados dentro del club por su pasión y descontrolada violencia. A dos horas por la carretera E79 o carretera 1.

La humareda empieza a despejarse. Pero el olor a pólvora en el estadio será amargo en la boca los 120 minutos de partido. “Mi vida sin Levski es una perdida, mi vida sin Levski es un error”, el Himno de los Fans Azules inicia el tiempo de juego mucho antes de que lo haga el arbitro. En el vértice norte, dentro del odiado Sector G, con los colores rojo brillante y blanco del CSKA, surge la primera pancarta: “En la calle apuñaláis con cuchillos, en el campo sois ratones”.

El tiempo había sido perfecto toda la semana y ni una sola nube cubría el cielo de la mañana del sábado. El sol hacia brillar los parabrisas de los coches, deslumbrando a un puñado de militantes del Sector B que esperaba de pie en un callejón. Era sábado de partido, y algunos de ellos vestían camisetas negras con grabados ultras y otros camisetas de deporte. Muchos tenían menos de 30 años, algunos menos de 18, y dos padres entretenían a un niño cada uno. Todos bebían cerveza y comentaban el Real Madrid – Sevilla que emitía la pantalla plana de un bar. Cuatro cajas de la edición navideña de Shumensko, la cerveza búlgara de colores azules, surgieron de un maletero. Del mismo coche bajaron cuatro tipos, armatostes con la cabeza rapada y gafas negras, que sostenían una pancarta plegada en las manos.

El bus que habían alquilado tenía que estar ya al caer, así que el grupo se apresuró a sacarse un par de fotos. Con la imagen alargada de los ultras del Levski delante, muchos cantaban y otros elevaban el brazo en un saludo romano. Los dos padres levantaban a sus niños en brazos, demasiado bajitos. Las habilidades futbolisticas de Il Capo Mussolini, se mencionaban en la letra de una de las canciones. Unos minutos después, un estropeado autobús entró en la calle escoltado por nueve policías a pie.

“La última vez no fue igual”, exclamaba Dimitar Todorov con una lista en la mano. Ciudadano serbio, nacido en Belgrado hace veinte años, era el encargado de aquella excursión. “Puta policia”, añadió en su idioma. Los agentes estaban registrando a todo el mundo y agitaron todas las botellas de agua hasta encontrar aquellas rellenas de vodka. Incluso la cerveza fue confiscada mientras el sol seguía en el cielo alto y candente.

Las manos de Todorov, grandes y duras, contrastaban con un cuerpo pequeño y delgado. Luciendo una camiseta promocional negra, sus ojos lanzaban rápidos vistazos a todos lados. Fue el último en subir y detrás, dos policías cerraron las puertas y se sentaron en la primera fila. Tras 15 minutos de carretera, el bus paró. La tropa entró en un bar cualquiera y se llenó los bolsillos de sándwiches, agua, un par de botellas de whisky y cerveza. Los agentes no se movieron de su sitio ni para mear y enseguida se reanudó la marcha. “Espera a ver lo que hemos estado preparando”, decía Todorov sonriendo un poco. El día anterior, dos fans del Levski fueron detenidos con 46 granadas de humo encima, según Reuters.

El PFC Levski es uno de los cinco clubs profesionales de la capital que juegan en primera división de la liga búlgara (la APFG). En 1914, un grupo de estudiantes de instituto quiso honrar al héroe revolucionario nacional Vasil Levski utilizando su nombre. Un personaje que luchó por la independencia contra el sultán Otomano y que murió ahorcado en sus manos. Un personaje conocido en todo el país como el Apóstol de la Libertad.

Su rival de sangre es el PFC CSKA Sofia, abreviatura del Club Central de Deportes del Ejército. Vinculado históricamente al poder soviético, aunque se inaugura oficialmente tras la segunda guerra mundial (y la llegada del partido comunista al gobierno), nació como un equipo para pachangas militares en 1923. Con la estrella roja en su escudo, el Levski les acusa de ser “creados por orden del partido comunista” y de haber sido “beneficiados por el régimen durante 45 años”. El Himno de los Fans azules termina: “Turquía es vuestra tierra, vuestro estadio es una cochiquera y vuestros hijos serán turcos también, el CSKA está muerto, ale ale…” En la web de los ultras azules también puedes encontrar divertidas historias de como el equipo rojo negociaba fichajes con rondas de alistamientos voluntarios sorpresa.

Y así, a sus enfrentamientos fubolísticos se les conoce como el Derbi Eterno de Bulgaria.

El último de ellos terminó con el arrestó 23 personas y tres agentes heridos de gravedad cuando tomaban “medidas extremas durante el descanso para desalojar la grada norte”, según lo recogido por agencia Novinite. Los dos equipos llegaron a ser disueltos por el Comité Central del Partido Comunista en 1985 tras las espectaculares peleas de sus aficionados durante la Copa de Bulgaria. Seis jugadores fueron suspendidos, Hristo Stoichkov estrella del CSKA incluido, varios años antes de entrar en el Barcelona y forjar leyenda.

El Estadio Nacional de Sofia tiene dos zonas de parking, dos taquillas diferentes y dos entradas principales, que mantienen a las dos hordas de seguidores separadas. La planicie norte mostraba un color azul durante todo la mañana del sábado, al que se le añadió un toque negro de los carros de la policía a media tarde. La marcha tradicional de los fans del Levski bajaba desde las calles del centro por el bulevar Dragan Tsankov a una hora y media de comenzar el partido. Se escuchaban muy desde lejos. Al frente, enmascarados y encapuchados, los mas violentos cantaban canciones y sostenían banderas con águilas imperiales.

“Son aquellos que poseen un lugar de derecho en el estadio,” puntualizó Dimitar Todorov. “No se pierden un encuentro, aunque no creo que vengan a ver el fútbol.”

Uno de esos hombres enseñaba su pecho tatuado con orgullo. En su brazo derecho, una paloma de la paz era apuñalada por una bayoneta alemana. En la parte alta del pecho, una gran cruz gamada compartía el espacio de su piel con tres caras de soldados nazis y la frase White Power. El brazo derecho estaba cubierto por el retrato de un militar de alto rango, un comandante uniformado en rojo y marrón.

Georgi Donchev es búlgaro. Bajito y gordo, destacaba entre los músculos y tatuajes que lucía todo el mundo a su alrededor. Con 29 años trabaja como músico folk en una de las tabernas más conocidas de Blagoevgrad. Una sonrisa permanente cruza su cara. Sus padres viven en Barcelona y él habla un poco de español, pero su mujer y su equipo de fútbol son de aquí, de Sofia. “El Levski está tercero en las tablas, nada puede cambiar que el CSKA vaya a ganar la liga”, dice Donchev esperando en las taquillas. “Pero hay que joder a esos cerdos igual! Hay que ganar este partido!”

El precio de la entrada son dos euros y medio. Con el ticket ya en la mano, el grupo de Blagoevgrad y Donchev con ellos, se prepara para presenciar la marcha azul. Las licorerías y tiendas 24 horas tienen prohibido vender alcohol en día de partido y todos lo saben, así que se dirigen directamente los puestos de Kebab a comprar cerveza y patatas fritas. Todos gritan a las furgonetas de policía mientras cruzan el puente del bulevar Dragan Tsankov. “¡Bebed rápido!” Donchev repetía a sus compañeros por encima de los cánticos. La marcha azul estaba ya a las puertas del estadio.

El sector B fue de los primeros en entrar. En los túneles, los voluntarios del Levski repartían globos y letras de canciones e instrucciones sobre como inflar y atar los globos (azul con azul y blanco en medio) y sobre cuando tenían que ser lanzados. “La canción es el antiguo himno de Bulgaria, es para cantarlo todos juntos”, explicó Donchev señalando el folleto. Mientras, varios tipos acarreaban grandes cajas llenas de tiras de papel, una especie de confeti casero hecho de documentos y libros de cuentas. Apoyadas en varias filas de asientos a la vez, las largas banderas de colores esperaban a ser levantadas. Una mostraba el escudo de la confederación americana. Otra representaba la estrella roja del CSKA como una gran vagina penetrada por un pene azul.

Mientras aquello se llenaba, los hinchas afinaban sus canciones: “Bulgaria engendró a los aficionados del Levski, millones, incontables aficionados que sacrificaran sus vidas por la bandera nacional azul, porque el Levski es Bulgaria”. Y al poco eran ya veinte mil almas las que con una misma garganta cantaban y respiraban el humo de las bengalas, y de las bufandas a las que habían prendido fuego.

Al comienzo de la segunda mitad, el Levski marcó el único gol de la tarde. La liga terminó con aquel partido y el CSKA fue oficialmente campeón. Solo quince personas fueron arrestadas y no hubo ningún herido. En las calles todos celebraban algo, unos el haber ganado el partido del honor y otros haber conseguido el título.

Ninguno del grupo de Blagoevgrad se quedó mucho tiempo. Todavía necesitaban un par de horas para volver a casa y ya había anochecido. Los dos agentes policías fueron los últimos en subir y el bus arrancó rumbo a casa.

Saliendo de la ciudad varios coches pitaban a su paso. Dentro, todo el mundo cantaba y bebía. Los dos críos daban cabezadas inútiles mientras sus padres gritaban: “¡Con su gorra de visera, una porra y una pistola le hace una mamada a los azules, él A.C.A.B (policía), puto policía homosexual, tráelo, tráelo a nosotros!”

Por lo visto los dos agentes a bordo, explicó Georgi Donchev, no querían parar en el drive in que tiene McDonalds a las afueras de la ciudad. Uno de ellos le gritaba a un teléfono móvil, un viejo Nokia. Cuando por fin pasaron al lado del restaurante, se hizo el silencio. Allí aparcado, se levantaba un autobús casi gemelo del que descendían decenas de aficionados con camisetas rojas. Los ultras del CSKA estaban allí cenando sus hamburguesas. Y la tropa, a punto de morder los cristales.

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3 Respuestas a “La tropa búlgara

  1. Muy bueno. Bastante objetivo desde un enfoque distinto (a veces se agradece) y sin demonizar a nadie que es a lo que estamos acostumbrados en lo que al mundo de las gradas se refiere. Os animo a seguir con esto. Un saludo

    • ¡Por supuesto! Es barato y emocionante. Sobre todo si juega el Levski o el CSKA, y debería haber partidos de liga todas las semanas en el estadio nacional… Cuéntanos qué tal cuando vuelvas. Muchas gracias por tu comentario y un abrazo grande.

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